Gobierno largo, gobierno corto

Alfredo Taján
ALFREDO TAJÁN

Aunque se está oyendo que es la primera vez que España sufre esta inestabilidad política, eso no es verdad. Durante el reinado de Alfonso XIII, sobre todo durante el periodo de su mayoría de edad hasta el golpe del general Primo de Rivera, es decir, de 1904 a 1923, se sucedieron gobiernos casi 'relámpagos' que hicieron estallar la llamada alternancia que nuestro Cánovas del Castillo había mantenido con mano férrea, gracias a la complicidad de su leal opositor Sagasta y la pulcritud de la regente María Cristina de Habsburgo respecto a la Constitución de 1876. Todo se vino abajo poco después porque la Historia siempre está sujeta a situaciones impredecibles que cambian el destino de las naciones. El asesinato de Cánovas por Angiolillo en el balneario de Santa Águeda, la desastrosa guerra con Estados Unidos que acarreó la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, y la segunda generación de políticos liberales y conservadores, que no fue tan brillante como la primera, y que se vería empujada al abismo ante la aparición de partidos de raíz obrera e internacionalista, convirtieron a España en un sistema semidemocrático en el que la vieja política era rebasada con tal virulencia que ni siquiera el escenario ideal de reformar desde arriba, preconizado por el gran Antonio Maura, tuvo calado ni representatividad cierta ya que persistía el caciquismo, las hondas fracturas sociales, a lo que se sumaba la violencia anarquista, y para variar, la situación catalana. A este escenario se unían las injerencias del rey en la formación de los gobiernos y su especial énfasis en resaltar su arbitraje, lo que a la postre le costó el exilio. Cuentan que después de autorizar el golpe de Primo de Rivera Alfonso XIII le preguntó a su madre qué le había parecido la fórmula militar, y ella le contestó: «Te has jugado la corona, una vez caiga el general, tú vas detrás».

Si bien España no entró como potencia beligerante en la Primera Guerra Mundial, dividida entre germanófilos y aliadófilos, los partidos dinásticos, aparte de enriquecerse, se limitaron a dividirse en facciones que defendían sus parcelas de poder más que el interés general del país. Encima, los anarquistas, quizá siguiendo instrucciones de la enigmática organización secreta 'La Mano Negra', se habían cobrado dos piezas del demolido turnismo, dos primeros ministros excepcionalmente lúcidos, como fueron José Canalejas y Eduardo Dato, asesinados, paradójicamente, en el caso de Dato, porque el general Martínez Anido, ese sí, una bestia de la represión y de la incultura, no se había puesto a tiro. Estos días aciagos, por tanto, fueron vividos ya en otra España, mucho más atrasada social y culturalmente, sin embargo, hay problemas que aún no han sido resueltos y perviven, a pesar de la trágica guerra civil de los años treinta, en la memoria, ¿o en el olvido?, de los españoles. El otro día, sin ir más lejos, escuché a una señora por la radio manifestar que por qué nos quejábamos tanto por votar cuatro veces en cuatro años, si habíamos estado cuarenta sin hacerlo y nadie había dicho nada. Un disparate.