Por la gloria de su madre

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Amenazaba esa lluvia a la que ahora le ponen nombre como a los perros y por las cañerías institucionales bajaba una agua revuelta. Septiembre era ayer el anuncio de un tumulto, de un invierno de borrascas y vientos desabridos. Los políticos andan revisando la cartilla escolar y la policía cuadra el saldo de los asesinatos, secuestros y reyertas con armas de fuego en la Costa del Sol. Ahora que llega el otoño y baja el arqueo de ahogados de piel oscura, la contabilidad de los crímenes ocupa su lugar. Números siniestros en un caso y en otro. El Estrecho de Gibraltar se ha convertido en carne de serie televisiva y su set de rodaje llega hasta las buganvillas de las urbanizaciones costasoleñas.

Aquel viejo landismo de suecas y aborígenes convertidos en camareros diurnos y tristes latinlovers nocturnos fue pasado por la trituradora hace mucho. Ahora tiene su contrapunto en un vericueto de capos rusos, buscavidas sin alma, traficantes de todo y mercenarios que se dejaron los escrúpulos arrumbados en un sótano de Sarajevo o en medio de una estepa ex soviética. Por en medio circulan los turistas tradicionales, los pacíficos panolis que solo aspiran a unos cuantos días de felicidad empaquetada y que son nuestra mejor y más próspera industria. Son necesarios muchos paños calientes y muchos mimos para esa fábrica humana, tan volátil como el viento que mueve nuestras borrascas. Esas amenazas de gotas frías y sangre caliente.

Clima revuelto. Otoño tempestuoso. La Pollinica anda hoy por las calles en medio de una primavera a la inversa. Una Semana Santa que se quiere eterna y que a sí misma se carcome a fuerza de redundancias y empacho. La gente también muere por sobrealimentación. No solo por la desesperación africana que guía las pateras o por las bombas. Las bombas, de hecho, son casi benéficas según la versión de nuestro Gobierno. Daba un poco de grima, de compasión, ver a su portavoz apelando a la inteligencia de las bombas que finalmente venderemos a Arabia Saudí. Las bombas no se equivocan y no matarán yemeníes. No era una broma. Esta mujer no se había sumado espontáneamente al homenaje que ese mismo día se estaba haciendo a Chiquito de la Calzada en La Térmica. Le faltó decir a la ministra portavoz, Por la gloria de mi madre, que esas bombas son muy buenas. Unos fistros de bombas. Pecadora de la pradera, la ministra portavoz es vasca y no controla los registros de nuestro sabio y analfabeto genio de la Calzada, pero le habría venido bien hacerlo. Haberse levantado y caminar de puntillas hacia adelante y hacia atrás, sin saber si iba o venía mientras chamullaba ¿Cómor? Pero no. No tiene la ministra esos recursos. Así que hizo unas piruetas en seco, vascuences. Con cara a lo Buster Keaton. Y lo cómico se convirtió en sombrío, o mejor dicho, lo sombrío en más sombrío. Ya saben. Cosas del otoño, nubes que se cuajan en un instante y en un instante se transforman en nada, o en barro.

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