Género muerto

Alberto Gómez
ALBERTO GÓMEZ

Con su habitual delicadeza, Vox acudió al minuto de silencio organizado en la puerta del Palacio de Cibeles de Madrid para homenajear a la última víctima mortal por violencia machista, una mujer asesinada por su expareja en presencia de sus dos hijas. El partido de Santiago Abascal se presentó en el acto institucional convocado por el Ayuntamiento de Madrid con una pancarta propia: «La violencia no tiene género». Hace no tanto viajaban en autobús: «Los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva. Que no te engañen». Imagino que la indignación generada será impostada, parte del teatrillo diario escenificado en redes sociales: ni un día sin cabreo. Tampoco podía esperarse otra cosa de una formación cuyo líder irrumpió en escena a caballo para llamar a la reconquista de España. Para hilar ese relato, la recuperación de lo robado, hacen falta traidores, herejes que la extrema derecha identifica por lo general con inmigrantes, feministas, homosexuales y todos aquellos que, según su tesis, puedan ser susceptibles de pertenecer a un 'lobby', grupos de presión que conducen al pensamiento único. El problema es que la negación de la violencia de género, empeñarse en ignorar una lacra que se ha cobrado ya más de mil mujeres asesinadas desde 2003, porque antes ni siquiera se contabilizaban, desmiente no sólo la estadística sino la lógica, esa capacidad tan útil de observar la realidad y sacar conclusiones sensatas. No condenar la violencia machista es lo más parecido a no condenar el terrorismo de ETA, cuando no más grave si nos ceñimos a las cifras, pero el asunto continuará por detrás del independentismo en la lista de prioridades políticas mientras haya a quienes les duela más una bandera que un cuerpo sin vida.

Claro que hay otros tipos de violencia. Ahí está Ana Julia Quezada, recién condenada por el asesinato con alevosía del pequeño Gabriel, cuyo cuerpo tuvo la sangre fría de fingir que buscaba, con cuyo padre tuvo los pocos escrúpulos de dormir durante aquellas noches de angustia e incertidumbre, sensaciones que, ahora lo sabemos, sólo padecía él. Hay otros tipos de violencia, sí, pero en el caso de la ejercida contra mujeres existen raíces comunes, patrones que se repiten, una causa, en fin, para la que ya se inventó una palabra, aunque a muchos parezca arañarles la lengua y los dedos: machismo. La violencia no tiene género, pero sí hay un tipo de violencia de género. Y taparse fuerte los ojos ante esa realidad, como el niño que preferiría estar en otro lugar, no sirve de nada. Pero algo harán bien en Vox cuando han movilizado a más de dos millones y medio de votantes que ahora deberán volver a las urnas si quieren seguir viendo a Abascal y compañía en el Congreso. No se han liado a tiros ni el mundo se ha caído. La estrategia de invocar el apocalipsis no funcionará otra vez. La violencia, por cierto, no tiene género, pero los candidatos que se presentaron en abril sí: todos eran hombres.