El galimatías

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Los políticos son expertos en hacer contorsionismo con el lenguaje. Dicen que dijeron Diego donde dijeron digo, pero sin reconocerlo. Estos días hemos asistido a una de esas fintas a las que tan acostumbrados nos tiene uno de los mayores espadachines del lenguaje político, Pablo Iglesias. A lo largo de más de una hora estuvo driblando en el Senado una pregunta directa. Iglesias ensombreció al gran James Joyce capaz de escribir más de diez páginas para describir el acto de abrir un grifo. Joyce podía remontarse al origen, al día que se produjo la lluvia que acabaría surgiendo por el grifo, describir el angosto recorrido del agua a través de tuberías bajo el suelo de Dublín hasta aparecer finalmente en un fregadero. Iglesias, con prosa menos brillante, hizo lo mismo para finalmente responder a la pregunta, sesenta y tantos minutos después, con un escueto No.

Punto y final. Joyce acabó su monumental 'Ulises' con un Sí. Es la diferencia. El mundo abierto y el mundo cerrado. La prosa que abre caminos y la que se enroca en sí misma. Pero ahí no acabó el extraño ingenio lingüistico de Iglesias. Al hablar de Venezuela reconoció distancias de opinión consigo mismo. No dijo que se había equivocado, no reconoció un error, o si lo hizo fue con un nuevo quiebro del idioma que atenuaba el antiguo espejismo. «No comparto opiniones...». Iglesias no compartía oponiones con Iglesias, con ese otro ser del pasado que no era él mismo y que no se sabe si estaba equivocado. Solo se sabe que el Iglesias A, el del presente, no comparte opiniones con el Iglesias B, el del pasado. Metafísica para echar un candado a la transparencia, ponerse de perfil y no ir por derecho. Birli birloque. Galimatías y trampantojo verbal.

Pero para galimatías el que ha denunciado el Consejo Consultivo de la Junta en los estatutos de la Universidad de Málaga. Algo que tiene que ver con Iglesias y una parte de la izquierda, tan aficionada a un lenguaje inclusivo que no tienen nada que ver con la igualdad de géneros ni con el feminismo sino con 'Una noche en la ópera', la película de los hermanos Marx y la secuencia de «la parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte...». Ni Iglesias, ni Sánchez, ni Susana Díaz ni nadie que se precie es capaz de mantener a lo largo de un discurso lo que proponen. En los estatutos de la UMA se ha demostrado. En este periódico se han publicado algunos mínimos ejemplos sobre ese absurdo: «...el/la Rector/a, los/as vicerrectores/as, el/la Secretario/a General...», y así durante páginas y páginas o durante horas. El Consejo Consultivo le ha recordado a los redactores del texto que la RAE afirma que esa farfolla es incorrecta. Y no es que lo diga la Academia, es lo que dicta el sentido común. El lenguaje no está hecho para embarullar sino para para comunicar y crear. Si no que le pregunten a Iglesias y a su patinaje artístico.