El futuro de la medicina

Los tres principios éticos de Belmont, de beneficencia, justicia y autonomía, pronto ampliados a cuatro al añadirle el de no maleficencia son principios 'prima facie' y como tales, inevitablemente conflictivos pues no es posible satisfacerlos todos y al mismo tiempo

FEDERICO SORIGUERMédico y miembro de la Academia malagueña de Ciencias

Recientemente participé en Córdoba en una jornada sobre 'El futuro de la medicina y el impacto de las nuevas tecnologías'. Intervinieron en ella biólogos y arquitectos nanomoleculares, expertos en inteligencia artificial, filósofos y clínicos. La jornada estaba organizada por el Instituto Maimónides para la Investigación Biomédica de Córdoba (IMIBIC). En el año 2006 el profesor Diego Gracia en la conferencia que pronunció durante uno de los actos en conmemoración del 50 aniversario del Hospital Carlos Haya ya dejó dicho que la medicina había cambiado más en los últimos 50 años, –los que entonces cumplía el hospital–, que en toda su milenaria historia anterior. Esto no es nada con los cambios que se esperan en los próximos años, algo en lo que coincidieron los intervinientes en aquellas jornadas de Córdoba.

El envejecimiento de la población y las posibilidades de una medicina regenerativa, el agotamiento de los sistemas de bienestar, el encarecimiento de la medicina de la mano de los nuevos y cada vez más eficaces y caros medicamentos, el cambio del genio epidemiológico de la mayoría de las enfermedades, la aparición de otras nuevas, la exigencia de un medicina personalizada, la despatologizacion creciente unida a la paradójica medicalización de la salud, la implantación de una medicina cercana a formas de eugenesia positiva, la ruptura definitiva entre los viejos límites de lo sano y lo enfermo, la robotización, especialmente los programas de inteligencia artificial (AI) dotados de algoritmos capaces de sustituir eficazmente tanto el acto médico como el quirúrgico, fueron algunos de los augurios (algunos ya una realidad) de los que allí se habló.

Hoy sabemos bien que los tres principios éticos de Belmont, de beneficencia, justicia y autonomía, pronto ampliados a cuatro al añadirle el de no maleficencia son principios 'prima facie' y como tales, inevitablemente conflictivos pues no es posible satisfacerlos todos y al mismo tiempo. Hasta la primera mitad del siglo XX la medicina se rigió por los principios hipocráticos de beneficencia y de no maleficencia. Los médicos teníamos la obligación de hacer el bien y de no hacer mal ('primun non nocere'). Pero a partir de la segunda guerra mundial se han impuesto los de justicia y autonomía. No basta con hacer el bien sino que hay que extenderlo a todo el mundo (justicia), teniendo en cuenta su idiosincrasia (autonomía). Para Diego Gracia, los principios de beneficencia y autonomía pertenecerían al terreno de la ética de máximos (no siempre hay la obligación de hacer el bien, ni el derecho a hacer lo que se quiera). En cambio los de justicia y no maleficencia pertenecerían a la ética de mínimos (a nadie se le puede hacer mal a sabiendas y todo los seres humanos son sujetos de igual derecho y dignidad a la hora de recibir cuidados de salud). Estos criterios de decisión y de jerarquización han sido los que se han impuesto en los estados sociales y de derecho de las democracias liberales en los que la justicia social se había convertido en una cuestión de estado. Pero la medicina del futuro, esa cuyos rasgos hemos definido arriba brevemente, pone en cuestión este difícil equilibrio entre los principios que han presidido la medicina de la segunda mitad del siglo XX.

Esta nueva medicina que se nos anuncia como inevitable parece más atenta a satisfacer todas las posibilidades que el conocimiento científico y tecnológico es capaz de imaginar aunque sea al precio de aumentar la desigualdad. Una sociedad en los que los grandes progresos, desde la curación del cáncer al rejuvenecimiento, desde le medicina personalizada, a la del biomejoramiento, solo estarían al alcance de quienes se lo puedan costear, pues otras de las conclusiones a las que se llegó en aquellas jornadas es que los presupuestos de los sistemas sanitarios públicos, dentro de las políticas de los estados de bienestar, cada vez serán menores, mientras que los costes de los sofisticados tratamientos serán cada vez más caros. La alternativa propuesta (entre otras), la robotización de la medicina de la mano de una inteligencia artificial (AI), cada vez más eficiente y aceptada por el gran público a la hora de sustituir muchos de los actos clínicos o quirúrgicos.

Para algunos, los sistemas sanitarios públicos son especies a extinguir, antiguallas de nostálgicos de una época que no volverá, la justicia social un sueño de una noche de verano que ha chocado con la realidad y la humanización de la medicina, un canto de sirena de aquella medicina paternalista que se creyó capaz de estar por encima de la libertad y de la autonomía de las personas. Esto es lo que hay o esto es lo que habrá, dicen los que creen que el futuro ya está escrito en esas tendencias que hoy nos anuncian los profetas de la tecnociencia, los augures de un nuevo humanismo, los médicos que solo ven el dedo cuando el niño mira a la luna. Pero lo único que tiene de bueno el futuro es, precisamente, que no está escrito pues son tantos los determinantes que habría que meter en las ecuaciones de predicción que solo un dios omnisciente sería capaz de adivinarlo.

Por eso es muy importante que no dejemos que sean los nuevos videntes los únicos que manejen los hilos del destino y que todos, con sus miedos y sus dudas, contribuyamos al futuro. Y algunos queremos que los anuncios de una sociedad y un hombre nuevo sean solo un sueño de los iluminados, pues bastante tendríamos con que nos propusiéramos que el viejo homo sapiens de toda la vida, así que pasen unos cuantos años, estuviese a la altura de los sueños y las expectativas de todos y no solo de unos pocos de nuestros congéneres. Esto sí que es un verdadero reto pues supone, nada más y nada menos, que intentar desacelerar el progreso, que es algo en lo que no parecen estar pensando –sino todo lo contrario– quienes en el momento actual creen mover los hilos del futuro del mundo. De todo el mundo.

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