Fuego, agua, aire

MARÍA MAIZKURRENA

Primero vimos las estatuas de Notre Dame volando por los aires. Ayer vimos arder Notre Dame, uno de los grandes símbolos de Francia y de Europa, y resultó mucho más inverosímil ese fuego que la imagen de las famosas estatuas siendo trasladadas por enormes grúas en un vuelo histórico. Las obras de restauración han producido un notable efecto destructor en la catedral, por una de esas macabras bromas de la realidad, esa cosa que está ahí fuera haciendo cosas, a menudo sin ser vista. Ahora habrá que hacer algo más que restaurar Notre Dame: habrá que reconstruir una parte importante del edificio. Si los franceses hubieran hecho caso del consejo de Trump tendrían mucho más edificio para reconstruir y mucho menos para restaurar. El presidente de Estados Unidos, que sin dejar de ser el país más poderoso del mundo se ha convertido en un país de chirigota con ese señor al frente, se lanzó a teclear el mensaje en el que expresaba su emoción, tan importante por ser suya, y daba, cómo no, su consejo. El cual equivalía a lo que hubiera dicho cualquier cuñado de chiste durante la comida familiar en la que dice tales cosas: yo esto lo arreglaba volando. Volando una vez más, esta vez con hidroaviones.

Los expertos han dicho que lanzar bombas de agua desde el cielo habría añadido un nuevo daño al que estaba causando el fuego. Menos mal que las estatuas ya habían volado. Alguien ha dicho que Trump tiene ideas de bombero, lo cual es un insulto para los bomberos. Cuñado de chiste e ingeniero de barra de bar, lo cierto es que como hombre de negocios no habría sobrevivido de no haber sido tan rico al nacer que le resulta imposible arruinarse. Para muestra un avión. O varios. En 1989 Trump compró una aerolínea y creó para ella una marca a la que dio su nombre. Consiguió perder más de 100 millones de dólares en 18 meses. En primer lugar, los aviones eran más que veteranos y daban problemas. Luego, subieron los precios del petróleo. Y para rematar, el bueno de Donald se empeñó en ponerle a la flota de la 'Trump Shuttle' suelos enmoquetados y no sé qué adornos o elementos de oro, según informa Adam Gabbatt en 'The Guardian'.

Ahora que la emblemática Boeing está teniendo problemas con el emblemático Boeing 737, nuestro intrépido personaje, que nunca tiene la autoestima baja, se ha lanzado una vez más a dar consejos. Esta es su fórmula para poner fin a los problemas del 737: se arregla, se le ponen unas mejoras y se le cambia de nombre. «Pero ¿qué voy a saber yo de marcas?», ha dicho Trump con orgullosa ironía. A lo largo de su vida ha afirmado ser la persona que más sabe de audiencias televisivas, de tribunales, de Wall Street, de comercio internacional, de energías renovables, deuda, economía y aviones no tripulados. La lista no es exhaustiva. Que Dios le conserve el entendimiento.