Un frenazo global

Las perspectivas económicas globales se han vuelto «más frágiles e inciertas», según la OCDE, por lo que los gobiernos no pueden sumirse en la parálisis

La OCDE publicó ayer la revisión de su 'Perspectiva económica' para 2019 y 2020, rebajando en tres décimas sus expectativas de crecimiento para el presente año y en cuatro para el próximo, augurando una subida del 2,9% y del 3% del PIB mundial respectivamente. Su reconocimiento de que las perspectivas globales «se han vuelto cada vez más frágiles e inciertas» no apunta solo al retraimiento coyuntural y pasajero de las economías nacionales más importantes. Advierte en el fondo de que la globalización en ningún caso asegura un crecimiento sostenido, cuando el libre mercado no está sujeto a una regulación multilateral y armónica, sino a la emergencia de tensiones comerciales y políticas activadas por gobiernos e instigadas si acaso por algunos grupos económicos. Hasta el punto de que estas perturbaciones forman ya parte de la naturaleza misma de la internacionalización. Si los riesgos a la baja «siguen amontonándose» -como afirma la OCDE-, no se debe a una sucesión de imponderables; a la acción en origen de miles y miles de centros de decisión interesados en cuestionar el crecimiento mundial. Si acaso tales respuestas por parte de inversores y empresas son consecuencia de la inestabilidad en los mercados generada por la actuación de poderes fáciles de identificar, en Washington y en Pekín; a los que se sumarían el 'Brexit' y sus gestores. Poderes que despiertan una espiral de sinrazón que se convierte en condición sobrevenida sobre la que los actores de la economía están obligados a tratar de paliar o sortear sus efectos más negativos y a buscar nuevas oportunidades de beneficio. Pero basta repasar las revisiones a la baja que contempla la OCDE para descubrir que, junto a las incertidumbres que acompañan a la globalización real, afloran los desajustes más domésticos. En nuestro caso -en el de España y en el de la Eurozona- la aplicación de reformas estructurales que se anunciaron urgentes con la crisis y la demanda de medidas fiscales que cubran los límites de la política monetaria representan el único contrapeso con que las instituciones pueden afrontar los efectos colaterales de la internacionalización. Pero ambas líneas de acción, urgidas por la propia OCDE y el BCE recientemente, presentan vertientes contradictorias para las políticas públicas, que obligan a compatibilizar medidas de contención y de inversión cuando en España el horizonte político no se despejará, siendo optimistas, hasta final de año. Por lo que ni el Gobierno en funciones de Sánchez puede sumirse en la parálisis, ni las formaciones representativas y gobiernos autonómicos dejarse llevar por la confrontación electoral.