Fracaso

Antonio Ortín
ANTONIO ORTÍNMálaga

Algo estamos haciendo mal, muy mal, cuando en una misma página de un periódico asistimos al juego mortal de dos adolescentes que anuncian su muerte al vacío por las redes sociales mientras otras dos se divierten martirizando a una compañera de instituto hasta colocarla al borde del suicidio. Y no vale preguntarse qué es lo que estamos haciendo mal porque ya lo sabemos. No nos van a ayudar ni las lamentaciones a posteriori ni las preguntas retóricas si seguimos sin ponerles líneas rojas a esta pedagogía blanda en la que hemos desterrado el valor del 'no' y la enseñanza impagable de la frustración por las continuas derrotas sobre las que se asienta una existencia.

Nos hemos empeñado en consentirles todo, en reírles hasta lo que no tiene gracia. A veces parece que nos divierte como padres que se tomen la vida como una partida superficial del 'Fortnite' en la que todo vale, incluso el sufrimiento ajeno, por un segundo de efímera gloria en la pantalla del móvil. Y sobre esa permisividad estamos construyendo nuestro fracaso como educadores. Ni siquiera nos molestamos en advertirles de que el 'hágalo usted fácil' no es en realidad un camino sino un atajo sin salida en el que tarde o temprano quedarán atrapados. Y les dejamos ante nuestras narices que quieran seguir el modelo disparatado del éxito de combustión rápida de estrellas de la pelota o del Youtube, cuya fama está granjeada a base de hacer el imbécil ante los demás.

Ocurre en la escuela, donde a menudo un profesorado desarmado por los gobiernos de autoridad y respeto desiste de llenarlos de conocimiento y herramientas para que el día de mañana puedan tomar los mandos de su propia vida sin depender nada más que de ellos mismos. Y sucede, y eso es lo más desolador, en la casa, donde nos resulta más cómodo seguir pegados a la tablet en el sofá del salón mientras el niño crece ignorando que al mayor se le respeta por encima de todas las cosas, que el insulto no es un idioma, que con el dolor de los demás no se gastan bromas, y que la información que necesitan para vivir no está en toda la rabia contenida en los 140 caracteres de un tuit.

Y sí, requiere de un esfuerzo, claro. Porque quizá no se trata de darse golpes en el pecho cuando un adolescente agrede, se mata o acosa, sino de abrir focos sobre el sendero correcto que deben tomar. A lo mejor deberíamos trabajar sin descanso hasta hacerles ver, simplemente, que toda convivencia no es más que un conjunto de reglas del juego. Y que el día de mañana no será uno de esos mamarrachos de Telecinco o del Instagram quien les proporcione el conocimiento necesario para ser personas y no espectros virtuales que, ya demasiado tarde, sólo representarán nuestro propio fracaso.

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