Fan de Fitur

Sigo convencido de que los viajes a Fitur sirven para algo. A ver cuánto me dura

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

Ahora soy fan de Fitur. No puedo evitarlo. La cosa puede sonar rara si se tira de hemeroteca porque un servidor, el que esto escribe, se lo ha pasado en grande de un tiempo a esta parte llamando a la feria FRITUR y señalando que allí todo era lo peor. Desde hace muchos años, puede que incluso desde su nacimiento, la Feria Internacional de Turismo que se celebra estos días en Madrid pese al chantaje de la patronal taxista ha sido blanco de pitorreos, sospechas de mangoneo para los políticos que van allí a hacer algo que no se sabe bien qué es ni para qué sirve. En la época en la que se trabajaba con presupuestos públicos corpulentos y vigorosos, los políticos de cualquier ambiente y clase iban raudos a Fitur. El plan incluía viajes en primera, alojamiento en hoteles de ensueño y comilonas generalizadas a costa del erario que por cierto siempre es público. Ignoro el motivo por el que, en aquel momento, estas actitudes no generaban el mismo malestar que ahora. No se ponía en duda. Se iba a Fitur porque allí es donde había que estar, y así sigue siendo: uno se siente solo cuando descubre que buena parte de la peña que sale en los periódicos está con la planta de los pies recalentada por tanta moqueta.

Todas estas críticas había que hacerlas con la certeza del rubor: la aportación costasoleña a esta gran feria turística ha pasado históricamente por copiosas comidas rebozadas de harina y luego hundidas en aceite hirviendo. La milagrosa 'Cena del pescaíto', borrada casi por empeño emocional, suponía el aperitivo moral de la feria; de ella no se criticaba la promoción de productos típicos (tampoco vamos ahora a fomentar 'crudités') sino la puesta en escena tan propia del blanco y negro: como decíamos hace poco, ahora preferimos la imagen de la estrellas Michelin que la estampa de la farándula devorando boquerones a dos manos. En aquel momento, he de reconocer, le veía poco sentido a que políticos malagueños viajaran en comitiva a presentar algo en Madrid a periodistas malagueños invitados por la misma institución que representaba el político. ¿Tenía sentido esta extrañeza? Ahora que lo pienso, sí.

El caso es que todas estas emociones encontradas sobre Fitur se me pasaron un poco el año que, efectivamente y sin remedio, fui a la feria a emprender, que es lo que hace ahora todo el mundo. De aquella experiencia me llevé un montón de bolígrafos, varias libretas, una gorra, un paraguas, catálogos de lugares paradisíacos que llevé religiosamente a reciclar tras 500 kilómetros cargado con ellas y hasta un masaje gratis. También ligué, pero lo más importante que me llevé de aquel viaje fue la sensación inequívoca de que Fitur era útil. Que no era solo la mugre que se acercaba hasta allí a ver cuánta cosa gratis podía llevarse. Este año no he ido pero sigo convencido de que estos viajes a Fitur sirven para algo. A ver cuánto me dura.