Final feliz

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

En casi todos los finales me acuerdo de esa canción en la que Andrés Calamaro cantaba aquello de «todo lo que termina, termina mal, poco a poco». La Feria de Málaga accedió anoche a su final esquivando en conjunto la decadencia, haciéndole burla a la piromanía corporal que consiste en apagar una resaca con mayores dosis de bebercio. Lo que pasa en el Centro, exceptuando una versión más pija que se celebra en hoteles y en restaurantes finos, ha quedado revelada como el gran escenario del desfase. Nada que objetar ante el hecho de que se permita beber en la calle. Los intentos del Ayuntamiento por limitarlos, prohibiendo el acceso por ejemplo a la plaza de la Merced, solo consiguen desplazar a estos sumilleres a que caten sus caldos en otras bodegas. Solo un idiota cree que poniendo el dedo en un colador sale menos agua. Aunque en la Feria agua hay muy poquita. Ya hemos pasado a otra fase, hemos asumido el fenómeno del botellón como algo inevitable. Lo que habría que plantearse es la posibilidad de emprender la borrachera con un mínimo de decoro, una cosa que parece, hoy por hoy, todo un oxímoron.

Si al final caemos en la cuenta de que de verdad nos ha quedado, como auguraba la concejala del ramo, una «Feria para enmarcar», habría que sacar del marco el auténtico cuadro que se forma en el Centro cuando empieza a caer la tarde y que dura de forma inapelable hasta la madrugada. Son estas las potentes circunstancias que cada año invitan a la Feria a proponer un debate sobre sí misma. En el Centro plantean quitar las casetas y dejarlo todo en manos de los hosteleros, consagrados ya como 'lobby' fundamental en esta ciudad seguido de cerca por el inescrutable mundo de las peñas. En el Real se aprecia cómo el conjunto de grupos de presión en Málaga no forman un laberinto, sino un puñetero círculo.

Por más que bebamos, nos resulta difícil comprender cómo se puede dotar a las peñas de semejante protagonismo, tan elemental y obsoleto, que no corresponde a ninguna realidad más allá de la minoritaria pero que parece un asunto indiscutible para este equipo de gobierno. Las redes clientelares pertenecen a una manera de entender la política de cuarta división. La Feria debería desembarazarse de este monopolio tan ridículo: al final, la mayoría de casetas del Real está sustentada por la hostelería, y menos mal que lo hacen porque gracias a ellos en la Feria se puede comer algo más aparte de un pinchito moruno o de hamburguesas Uranga. Obligar a las casetas del Real a abrir durante el día ha provocado estampas tremendas de enormes estructuras vacías pero gobernadas por el reguetón, discotecas abiertas pero completamente desnudas, como un parque de atracciones abandonado. Otras estaban verdaderamente bien, y eso es por los hosteleros. Es decir, que puestos a ser prácticos, lo que sobra de la ecuación de la Feria son las peñas en sí. La peñas y los detritus y las peleas y algún muerto de asco, pero vamos a empezar por aquello que sí podemos controlar.