Fiesta

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Belleza y sudor, trueno y música, caos y armonía. Caos armonioso tal vez. Agosto es una efervescencia natural, climática, biológica, y aquí está el horizonte inmediato de la feria para llevarlo a su clímax, hasta la cumbre de su estrambótico Everest. Turba, dicen unos. Alegría, los otros. Puede que los primeros estén aquejados de envidia, de incapacidad para abandonarse, de achaques físicos, edad o un corsé moral que les impiden sumergirse en ese túnel ruidoso que viaja a lomos del entusiasmo y la inconsciencia. O puede que los segundos no consigan distinguir el abismo que media entre el sosiego y la tristeza, entre la calma y el aburrimiento. En cualquier caso no deja de ser curioso que quien tuvo la idea de incrustar la feria en el centro de la ciudad, Pedro Aparicio, fuese un ferviente partidario del sosiego y la reflexión, alguien que consideraba que un día bueno era un día con lluvia y que le temía a las aglomeraciones como a un mal padecimiento.

Asuntos de la política. Tal vez fuese el resultado de aquella inversión, no demasiado rentable, que en su día hizo el PSOE en la cultura popular alegando que la otra cultura, la elitista o como la quisieran llamar, había sido capaz de resistir la dictadura y por tanto sobreviviría por sí sola en democracia a poco que le dieran un mínimo aliento institucional. Un boca a boca en forma de alguna beca perdida o alguna subvención, mayormente para el sector, ruidoso y vistoso, del cine. Sea como sea, ahí está el caballo, metido en el cajón, dispuesto a que le abran la puerta y le suelten las riendas para cabalgar por la ciudad a lo largo de diez días y diez noches.

Francisco de la Torre, tan poco bullanguero por naturaleza como Pedro Aparicio, ha llamado a la moderación y el recato. La intención es buena. Pero recuerda a una frase de 'Apocalypse Now' cuando el protagonista decía que hablar de asesinato en la guerra de Vietnam era como tratar de poner multas por exceso de velocidad en las 500 millas de Indianápolis. El uso razonable de las camisas o camisetas, es decir, cubriendo el torso y no usadas a modo de turbantes, es esa multa en Indianápolis. Quizás habría que empezar haciendo correcciones en la estructura del invento y evitar el caldo de cultivo adecuado para que la fiesta no se parezca a un botellón universal y sin tope de edad en el que los melancólicos maduros se niegan a entrar en la fase moderada del divertimento y los jóvenes redoblan la urgencia de sus pasiones. Pero, bueno, así va la cosa, así irá apenas dentro de cuatro días cuando la noche de la bahía se ilumine y el pistoletazo de salida en forma de pregón suelte su última sílaba. Evidentemente aquí no se cumplen aquellas palabras de Tolstoi cuando decía que todas las familias felices se parecen. Aquí la fiesta tiene antípodas y cada cual la disfruta o la padece como quiere. O como puede.