San Fermín

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Ya están las manadas en la línea de salida. Ya está en las pantallas de televisión -en el directo matutino, abriendo los informativos como noticia estelar- ese atletismo de cabestros, toros bravos y juerguistas de la tradición. Se repasan a cámara lenta los roces de los pitones y las cogidas como si se tratara de los goles que Messi no metió. Rozando el poste, rozando el pulmón. Tanto da. Así va este mundial de la brutalidad pasado por la turmix de la información. Televisión Española vuelve a sacar pecho por los chupinazos y los mozos trasnochados de la calle Estafeta. Fabricando estética allí donde abunda el despropósito y escudándose en la tradición para avalar una práctica asilvestrada.

Arrojar cabras de los campanarios también era tradición, poner a los reos en la rueda también. Por suerte el mundo nunca será un laboratorio aséptico y las calles de la vida siempre estarán por barrer. Pero de ahí a fomentar la brutalidad y a revestirla de una especie de deporte o cultura hay un camino largo. Se desterraron las retransmisiones de boxeo por su violencia intrínseca, nos aconsejan sabiamente el uso del cinturón de seguridad en los automóviles para que nadie se ocasione daños irreparables ni aumente el gasto de la seguridad social, nos inculcan obediencia ciega a las banderas rojas de las playas y nos advierten de la temeridad, colindante con el suicidio, que supone tomarse un whisky doble. Y al mismo tiempo, año tras año, nos atiborran con esa turba corriendo delante de unas bestias asustadas y enfurecidas y nos dan el parte de heridos -ayer fueron casi setenta- como si fuese el sorteo de la lotería. La gran diversión. La gran epopeya. Sublimada y elevada a los altares porque a alguien como Hemingway, merodeador de guerras y machote capaz de matar elefantes, le gustaba ese acto tan cercano al lado salvaje de la vida, a su esencia. El manido ballet de la vida y la muerte que los toreros concluyen al caer la tarde en el ruedo pamplonica. Todo ello, naturalmente, bajo los auspicios y la bendición del santo Fermín.

El ciclo perfecto. Un derroche de medios técnicos y económicos sufragado por todos los españoles. Veremos si los nuevos dueños de contenidos y los nuevos responsables del ente público continúan con la canonización de este esperpento o se paran a reflexionar un instante sobre el fondo de este asunto. Un fondo que no está en una fosa abisal precisamente, sino a un par de centímetros de la superficie. Porque al otro lado de la machacona promoción turística y de los beneficios que a Pamplona le pueda traer ese despliegue anual está el contrapeso de unos valores que tienen que ver bastante con el progreso, con una visión de la vida montada sobre otros valores que no sean las costumbres ancestrales y el atavismo que ampara esta fiesta. No se trata de proscribirla pero al menos estaría bien dejar de santificarla y venderla como uno de los hitos más altos de la vida nacional.

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