Fábulas

La rotonda

Antonio Ortín
ANTONIO ORTÍNMálaga

Hace ya unos años que mi padre, maestro de la vieja escuela, me dejó sentado con una reflexión sobre mi oficio. Era una tarde apacible de su jubilación en la que yo le acompañaba a matar el tiempo y las ausencias. Divagábamos sobre el periodismo, la actualidad, la literatura y la enseñanza mientras respirábamos el Mediterráneo que nos regalaba el rebalaje de Pedregalejo. Y, tras un silencio en no recuerdo muy bien qué momento de la conversación, me espetó: «Hombre, los periodistas estáis para contar historias, no para fabularlas». Plaf. Sin ser Wolfe, Kapuscinski o cualquiera de los otros tótems que tanto se estudian en las facultades, me acababa de asestar de forma muy simple la regla de oro de esta profesión: la lealtad inquebrantable a la verdad.

Pensaba en ello estos días a propósito del doble bulo que corrió la semana pasada, uno sobre la diputada malagueña del PP Celia Villalobos, a la que se le atribuyó haber culpado a la víctima de La Manada de todo lo que le ocurrió. Y el otro sobre el presidente del Gobierno y un supuesto vídeo en el que era entrevistado en estado de embriaguez. Pues bien, uno y otro fueron fruto de la manipulación interesada para construir sendas mentiras de combustión fácil que, claro, no tardaron en prender en las redes sociales, de forma que cuando se pudo demostrar que eran pura falsedad ya habían colgado todo tipo de lindezas sobre Villalobos y Sánchez. La rumorología siempre estuvo en el lado oscuro del periodismo. Desde las teorías decimonónicas de la calumnia hasta aquel mítico «vaya tornado de mierda por Madrid» con el que Umbral cerró uno de sus artículos cuando se atribuyó a Miguel Bosé un estadío terminal por sida. Siempre ha existido entre los nuestros esa tentación de no dejar que la realidad te estropee un buen titular.

Pero la era digital esconde, tras eso que llaman con cierta ironía la «democratización de los soportes de comunicación», una puerta de acceso a descerebrados con un inalcanzable grado de ignorancia e incultura que acaban convertidos en referentes de canales como Youtube, Twitter o Facebook. Y así, vemos transformados en prescriptores de opinión, en fuente de información masiva, a tipos que construyen sus mensajes desde la comodidad del sofá y la 'tablet' y sin más criterio que el de sus tripas.

Y así nos va. Frente a todo eso, sólo nos queda el periodismo. Elegir para saber qué pasa a nuestro alrededor esos periódicos, esas radios y esas televisiones donde veo a diario a mis compañeros de tribu fajarse hasta la extenuación por conseguir hasta el último detalle de cada relato del día; en embarrarse, desvelarse o quemarse al sol para que no haya goteras en cada noticia. Porque saben, como yo, que nuestra única obligación es contar lo que sucede. Lo de fabular es otra historia.

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