El extraño caso del Dr. Baselga

En España la mayor parte de la financiación privada en biomedicina se hace a través de los ensayos clínicos (EC). Es la manera que hay de evaluar la eficacia de un medicamento

Federico Soriguer
FEDERICO SORIGUERMédico. Miembro de número de la Academia Malagueña de Ciencia

Hace unos días, en 'The New York Times' aparecía la noticia del caso del Dr. Baselga, uno de los más reconocidos clínicos y científicos españoles. El Dr. Baselga había sido fichado por el Memorial Sloan Kettering Cancer Center, siendo en este momento su director y alternaba su trabajo con el Hospital Vall d'Hebrón de Barcelona, donde había sido jefe de Servicio de Oncología.

Una investigación independiente promovida por 'The New York Times' ha llegado a la conclusión de que Baselga ha administrado irregularmente la millonaria financiación que recibía, especialmente la procedente de las compañías privadas, de la que se habría beneficiado hasta con tres millones de dólares, no dejando constancia en sus numerosas publicaciones científicas del conflicto de interés. Él lo ha reconocido pero lo achaca a falta de interés en la gestión de los recursos, lo que no ha sido argumento suficiente para que sea inmediatamente despedido.

Baselga ha sido presentado por el nacionalismo catalán como ejemplo de hasta dónde puede llegar la sociedad catalana si la dejan sola, sin embargo hemos leído estos días en las redes sociales a algunos independentistas que ponen al 'caso Baselga' como una muestra de la contaminación catalana de la cultura y de la picaresca española. Similares argumentos han sido empleados para justificar la corrupción en el sistema sanitario catalán, el único de toda España con casos sonoros de corrupción, pues allí las puertas giratorias (dado el peculiar sistema sanitario catalán) no son la excepción, sino la norma. Baselga es un gran conseguidor (de eso tiene gran reputación) y es posible que vuelva ahora a la casa máter en loor de multitud. El 'caso Baselga' (un lamentable caso tan catalán como español en USA) es un ejemplo de hasta dónde están dispuestos a llegar algunos líderes médicos y científicos por conseguir la gloria.

Ya en el año 1996 los doctores M. Angell y J. P. Kessirer, editores de la prestigiosa revista 'New England Journal Medicine', denunciaron a dos autores que habían defendido con ardor la comercialización de un anorexígeno (unas pastillas para adelgazar) sobre el que otros investigadores habían demostrado que producía hipertensión pulmonar  grave e incluso mortal. Angell y Kessirer descubrieron que aquellos dos autores que con tanto entusiasmo defendían el anorexígeno habían trabajado (y cobrado) para la compañía que lo producía. Al trabajo se le colocó el temido 'Retracted' y los lectores del 'New England Journal of Medicine' no les hemos vuelto a ver nunca entre sus páginas. ¿Casos excepcionales? Digamos que solo infrecuentes.

En el último libro que publiqué ('Si don Santiago levantara la cabeza...') dedicamos un capítulo entero al fraude y al plagio científicos, contando allí, entre otras cosas, algunas historias similares vividas personalmente, que ahora no puedo reproducir aquí. El caso de Baselga no es solo un caso de fraude científico (que lo es), pues será difícil a partir de ahora estar seguros de que las conclusiones a las que ha llegado en sus publicaciones científicas no estén sesgadas por el conflicto de interés  con las compañías patrocinadoras de los estudios, mantenido de manera continuada a lo largo de los años. Hay un viejo chiste que no me resisto a reproducir. En la viñeta se ve a un gran empresario contratando a un probo científico. El empresario con un papel en la mano le está diciendo de forma paternal: «Usted es libre para investigar en lo que quiera..., siempre que llegue a estas conclusiones».  El caso de Baselga nos advierte de los riesgos de la financiación privada de la investigación científica. Que haya tenido que ser 'The New York Times' el que lo haya desvelado debería preocuparnos.

En España la mayor aparte de la financiación privada en biomedicina se hace a través de los ensayos clínicos (EC). El EC es la manera que hay de evaluar la eficacia de un medicamento. Están sometidos a un riguroso control en la mayoría de los países occidentales, incluido España, a través los Comités de Ética e Investigación Clínica, que, antes de aprobarlos, evalúan y garantizan que se guardan todas las normas de buena práctica clínica y científica. Pero vigilar las relaciones contractuales de los líderes científicos con las compañías ya es más complicado. Los EC se hacen bajo contratos con las fundaciones que las instituciones tienen para gestionar los recursos públicos y privados de investigación, pero estas fundaciones no pueden controlar las relaciones extramuros de las compañías con los investigadores. Especialmente de líderes científicos y clínicos como el Dr. Baselga, quien representa ese tipo de científico estrella, con gran capacidad mediática y de control del espacio que le rodea.

Este género de científicos son ideales para los intereses de las compañías que dedican a su atención y seguimiento el dinero que haga falta. Las formas de coaptar su voluntad son múltiples. Viajes, conferencias, participaciones en 'steering committee' o 'advisory board', generosas ofertas de 'gosth write', todas ellas muy bien pagadas, son algunas de ellas, aunque no sea la menor la adulación por las compañías, a la que algunos 'egregios' científicos son tan sensibles.

Naturalmente la mayoría de los líderes son honestos y capaces de llevar a cabo dignamente su labor de representación y de gestión de los recursos privados. Pero hay otros, como parece ser el caso del Dr. Baselga, que a fuerza de vivir en un mundo paralelo llegan a borrar los límites entre los intereses personales y los públicos. No sé si el Hospital Valls d'Hebron le acogerá ahora en su seno o si, como parece prudente, iniciará alguna investigación sobre sus trabajos dentro de la institución. En todo caso, las direcciones y gerencias de las instituciones médicas y científicas españolas deberían de aprender del ejemplo catalán y estar más alerta sobre los conflictos de intereses, esos que comienzan donde acaban los comités de ética, de algunos líderes médicos y científicos.

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