Expatriado

Los engranajes de la globalización o de las uniones y federaciones políticas, como estructuras de poder, son mecanismos que generan expatriación

Expatriado
Francisco J. Carrillo
FRANCISCO J. CARRILLOExembajador de la UNESCO y Vicepresidente de la Academia Europea

Recuerdo un encuentro con Paulo Coelho en un bar de hotel en Marraquech junto a Jean Daniel, uno de los fundadores y director que fue del semanario francés 'Le Nouvel Observateur'. A ellos les reunía el célebre festival de cine de la ciudad al pie del Atlas; a mí, una misión sobre patrimonio histórico. Habituado, por profesión y oficio, a recorrer ciudades y algún que otro desierto casi siguiendo los surcos de las caravanas y la arquitectura de adobe del mundo árabe, solía estar acompañado por alguna narrativa de Paulo Coelho, por algún CD de Carlos Cano y de Oum Kalthoum. Si mi destino era Egipto, llevaba conmigo a 'El callejón de los milagros' de Naguib Mahfuz y a la Justine de 'El cuarteto de Alejandría' de Lawrence Durrell. Añadía el 'dossier de la misión'. Todos ellos constituían instrumentos de trabajo itinerante.

Fue Paulo Coelho y los relatos de la 'Biblia' los que, un día, zarandearon mi conciencia y me encontré en el espejo con la imagen del expatriado, mi propio reflejo por transferencia. A medida que recorría pueblos, naciones, Estados, y desiertos, se hacía más real ese reflejo de mi propia realidad. Los expatriados suelen serlo por un tiempo determinado, que se puede prolongar en casi toda una vida porque –creo– es condición inmanente de la persona humana. Los motivos suelen ser laborales, aunque no siempre. Pero, ¿expatriado de qué, de quién, de por qué? En mi caso, además del pasaporte diplomático (que siempre es de color rojo), llevaba conmigo los testigos administrativos de mis señas de identidad: pasaporte español, dni español y un poemario del llamado Siglo de Oro español que solía alternar en los aviones con la prensa ofrecida por la compañía aérea o con algún video de ficción intensa. El video en cuestión, también propiedad de la aerolínea, llegó en cierta ocasión a descubrirme, con la ayuda de Paulo Coelho, como actor de ficción en la mediación de relaciones internacionales que, por demás, eran multilaterales. Y también llegó a recordarme que los relatos del gran libro que es la 'Biblia' están entramados en la multilateralidad y en la expatriación. Y aún más, al atravesar un desierto siempre se va buscando algo; el desierto es la antítesis del nihilismo y, también diría, del relativismo. Búsqueda y esfuerzo itinerantes; contemplación reflexiva a la caída de la noche que suele ser fría y llena de vida imperceptible a los ojos humanos. Mezcla de realismo por la supervivencia, de misticismo meditativo y de belleza. Y aquí se da la emergencia natural del papel que desempeña todo expatriado, cuya emoción más que razón se encuentra en la simbología activa de sus raíces que germinan siempre en su coto vedado, en sus orígenes, entorno, educación, canciones, afectos profundos, calles de la ciudad, mar y montaña. Hilo conductor de historia viva. El expatriado vive su propia catarsis de patriotismo así entendido; patriotismo hondo (como el cante jondo o como la vivencia de un quejío). ¿Acaso no surcamos, todos expatriados, un desierto que debería facilitar la imagen del patriotismo real en el espejo, a condición de no mentir y de no dejarse mentir por la ficción de los lenguajes que se imponen, en público, en las sociedades actuales, de las patrañas, de los bulos y de las 'fake news'? Desierto, no exento de alharacas, en donde las 'deep news' ya comenzaron a fabricar nuestra propia clonación con imagen y lenguaje por mor de la inteligencia artificial.

Se suele entender por expatriado a aquel que abandona o lo abandonan de la patria chica o de la patria grande. Los engranajes de la globalización o de las uniones y federaciones políticas, como estructuras de poder, son mecanismos que generan expatriación. O el hecho de ir a buscar un empleo a Alemania o a Madrid genera expatriación. Esto es evidente a todas luces, como lo son las consecuencias de los flujos migratorios. Incluso no se excluye la realidad de ser expatriado en su reducido terreno de anclaje. De ahí, la atractiva hipótesis de la expatriación consustancial al ser humano al que el proceso de socialización al que está sometido desde que nace, lo convierte en un 'ser social', con patrimonio propio, con 'patria' personalizada que paulatinamente se va modelando y retroalimentando en la práctica constante de la alteridad, del contacto con 'el otro'. Así pues, el concepto original de 'patria' se encuentra, como futurible, en cada persona humana que lo desarrolla expatriándose en el otro quien, simultáneamente, genera repatriación y mutuo reconocimiento que puede ser solidario o insolidario. Este concepto –en mi opinión– fundamenta la teoría de la 'Casa Común' del papa Francisco y de la hipótesis de que todos los seres humanos somos, por definición, expatriados y repatriados al mismo tiempo. El ser social precede al ser político. Y está en la base de la sociodinámica de la cultura y del concepto 'patria' de la ciencia política. Es el origen de la libertad virginal, de la dignidad de la persona y de la teoría del bien común que no debe confundirse con el concepto político de 'interés general'. La patria en el coto vedado de cada individuo se expatría para cimentar la democracia y crear con 'los otros' repatriación y propias estructuras de convivencia.