¿Exequias para una transición política?

¿Exequias para una transición política?

Hubo mucho trabajo y dedicación de casi una década para encontrar fórmulas que produjeran una transición pacífica sin caer en indeseables medios revolucionarios

FEDERICO ROMERO HERNÁNDEZ JURISTA

Algunas voces coinciden en que el pasado día 1 de junio se produjo en España el fin de una de las etapas más fructíferas de la historia de nuestro país. La Constitución de 1978 tuvo sus defectos, desde luego, sobre todo en lo concerniente a la organización territorial del Estado, pero si se tiene en cuenta que culminó con un documento normativo fundamental sólido, la difícil transición de un régimen autoritario a otro democrático, manteniendo la integridad de nuestra nación, su mérito es indudable. Se llegó para ello a un consenso complicado, que tuvo sin embargo la ayuda de que su aglutinante apreciable fue el: «todos contra el franquismo». Hasta los nuevos partidos supuestamente conservadores adquirieron desde casi el principio ese rol, quitándose de encima cualquier tufo inmediato que les restara credibilidad democrática. La técnica de buscarse un enemigo común, como medio de cohesionar al grupo humano situado en su frente, viene de antiguo y, desde luego, fue claramente utilizada por todos los regímenes totalitarios. Quien piense que esa transición fue una feliz carambola gestada en los días finales del régimen precedente se equivoca. Hubo mucho trabajo y dedicación de casi una década para encontrar fórmulas que produjeran una transición pacífica sin caer en indeseables medios revolucionarios.

Pero no se trata de añorar esa etapa, sino justificar que el pasado día 1 de junio se ha puesto letra y música a su posible réquiem. El «todos contra Rajoy» ha sido una fácil manera de cocinar una masa crítica para el acoso y derribo del Partido Popular. Pero sus efectos cohesionadores tienen fecha de caducidad, como la tenía la vida de Frankenstein, a pesar de que el imaginario doctor que lo creó buscó los mejores restos humanos para crear ese puzle corporal carente de espíritu. Tampoco creo que lo tenga el heterogéneo y ocasional conjunto político formado por los que votaron a favor de la moción de censura del pasado presidente. Aunque el nuevo gobierno no esté dispuesto a renegar de los elementos esenciales de la ideología de sus componentes (PSO Español); aunque los independentistas no sean capaces de conseguir, con chantajes sin límites, sus fines desmembradores; y aunque tampoco se ceda a las exigencias de la izquierda más radical, las posibilidades de que este litisconsorcio eventual y mixto sea capaz de ir más allá de derogar algunas leyes, dictar algunos decretos efectistas y convocar las obligadas elecciones, son muy escasas. La mayoría de los españoles no estaríamos de acuerdo con una dirección política conseguida a base de componendas. Felicitamos al nuevo presidente, que ha conseguido ganar un medio de vida confortable y vitalicio, pero que ello no sea a costa de destruir el de muchos ciudadanos. Decía Montesquieu, en su monumental obra 'Del espíritu de las leyes', que «el espíritu de moderación debe ser el del legislador» y añadía enseguida «y creo que no he escrito esta obra sino para probarlo». Y más: «el bien político, como el moral, se encuentra entre dos extremos». Acabado de jurar su cargo ya hay extremistas que piden al señor Sánchez que su nuevo mandato «se note». Pero la radicalidad, cuando la economía española iba razonablemente bien y disminuía el paro, es peligrosa, ya que puede echar al traste algunos logros, amén de hundir políticamente a sus promotores. La radicalidad es necesaria para luchar contra la injusticia, pero no para generarla o aumentarla.

Probablemente los independentistas -incluido el PNV- van a intentar aprovechar la coyuntura que les ofrece la debilidad de un gobierno conseguido con su apoyo para que el 'diálogo' ofrecido les permita conseguir sus logros de soberanía (que por supuesto sitúan fuera de toda discusión), pero, parafraseando a Maquiavelo, precisamente el 'Príncipe' (o sea, el gobernante) debe «de evitar quedar a su disposición». Por el bien de España esperamos que esto no ocurra. Quizás uno de los toros más difíciles de lidiar en este momento sea mantener la identidad territorial. Hubiere sido deseable tener un largo periodo de estabilidad política para, entre todos, con la mayoría de los españoles detrás, conseguir una reforma constitucional que enmarcase la mejora de la descentralización del Estado, pasados cuarenta años desde la transición. Los últimos acontecimientos de la vida política: nombramiento de un gabinete moderado, equilibrado en lo territorial y con experiencia, por parte del PSOE, y de redirección por parte del PP, parecen augurar una mejora de las posibilidades del bipartidismo que facilite los necesarios pactos de Estado, aportando estabilidad. Al menos para hacerlo desde posiciones firmes de cara a los otros partidos de ámbito nacional y frente a los independentistas. Ambos partidos, PP y PSOE, han sido castigados en distintos momentos por la lacra de la corrupción. En ambos casos, sobre todo, por culpas 'in vigilando'. Demos al tiempo que se inaugura el beneficio de la duda.

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