Evento

FÉLIX MARAÑA

De un tiempo a esta parte, nada sucede, nada ocurre, nada acontece, nada trasciende, nada es si no se llama evento. Es el palabro al que recurren todos. Es una epidemia. Es, sin duda, una palabra invasora. No hay actos, congresos, encuentros, programas, acontecimientos, conciertos, cursos, exposiciones, coloquios, tertulias, convenciones, congresos, ferias, presentaciones, festivales, conferencias, recitales, mítines; nada de nada. Todo es evento.

Es un recurso fácil, impostado e importado, un latiguillo para referirse a todo lo que pueda ocurrir entre nosotros. A cualquier reunión se califica como evento. Es una importación que en el habla de América se entiende como acto programado y previsto, aunque la eventualidad tenga para nosotros, a este lado del Atlántico, un sentido bien diferente, como imprevisión. Tanto en el lenguaje hablado, como en el escrito, el palabro se pronuncia, utiliza y aparece en una de cada cinco palabras en nuestra vida cotidiana. No hay estadísticas, porque las epidemias no admiten estadísticas, hasta que los vivos mueren. La torpe utilización de la lengua, no sólo deteriora un instrumento tan esencial en la condición humana, sino que empobrece el alma, porque retrata la escasez del pensamiento, la lectura pobre o inexistente, o la pereza de todos nosotros, que deberíamos estar obligados a cultivar el lenguaje, como la respiración o el medio ambiente.

Hay algo de exhibición en la utilización del palabro del título. Machado, que era un sabio, ya propone una crítica a lo confuso, al plantear Mairena un modo de clarificar la realidad por medio de la palabra. El maestro plantea al alumno una cuestión: «Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa». El alumno, cargado de pedagogía, lo traduce en la pizarra: «Lo que pasa en la calle».

Esta economía del entendimiento, de la que nos hablaban en la facultad de Periodismo, sigue siendo trasunto de claridad mental. Hasta hace poco, se celebraba anualmente una feria solidaria en mi barrio. Ahora se llama evento. Cuando una palabra, un término, una expresión se repite, repica de este modo pierde todo su significado, porque un evento poético era un recital, colegas. Mairena os llamaría la atención, porque llamar evento a todo lo que sucede, acaece o puede suceder, no simplifica o aclara, sino confunde.

En mi otro país, León -pero también en la hermana Asturias y el oriente gallego, no menos hermano-, aciertan al conservar aún viva la tradición de los calechos, encuentros sociales donde lo popular, la palabra, el recitado, la danza, la música, el baile, la canción, la conversación y la mesa convocan a los lugareños e invitados de otros pagos, para celebrar una fecha, una conmemoración, un encuentro festivo. En esos actos se fomenta la amistad, se enaltece la solidaridad y se favorece el encanto y, a su manera, la alegría de las gentes, sin otro objetivo, que ya es bastante, de entretener, alentar y mejorar las horas. No puedo imaginarme a aquellas gentes de la montaña leonesa anunciando un calecho o traduciendo en la convocatoria una palabra tan hermosa y significativa en el idioma, la costumbre y la sociología del lugar, por evento.

El calecho o filandón, que en tiempos eran reuniones familiares o vecinales en torno al calor de la lumbre, ha extendido su radio de acción al centro social, incluso a las plazas, pero sin dejar de ser esa actividad que tiende a rememorar, contagiar, contar, extender leyenda y cultura, relatar historias y alentar la imaginación. De eso se trata. El lenguaje se inventó para eso: referir objetos, nominar afectos y construir mundos. No hay evento que lo mejore.