La eterna novedad de Cristo

La herencia decimonónica de las críticas liberal e histórica de la figura de Jesús de Nazaret pesa todavía de manera inconsciente o consciente sobre cualquiera que se acerque a la Iglesia

La eterna novedad de Cristo
federico romero
FEDERICO ROMEROJurista y exprofesor titular de la UMA

l otro día una periodista amiga me preguntaba sobre un tema que no viene al caso. En un momento de la conversación me referí a una cuestión religiosa y noté cierta reticencia. Algo así como si la pertenencia al cristianismo envolviera a lo expresado dentro de un manto tejido de condicionamientos. Como si el ser católico me convirtiera automáticamente en misionero de algo discutible. Y en cierto modo tal actitud es comprensible actualmente. La herencia decimonónica de las críticas liberal e histórica de la figura de Jesús de Nazaret (Renán y Strauss p. ej.) pesa todavía de manera inconsciente o consciente sobre cualquiera que se acerque a la Iglesia, considerándola un montaje, construida sobre unos libros (las Sagradas Escrituras) situados bajo sospecha. Sesboüé recuerda con razón que «ningún otro libro en el mundo ha sido objeto de una investigación tan crítica y reiterada como la Biblia. El verdadero milagro es que ésta resista todavía». Y como también nos dice un teólogo actual (J. Carrón), «los Evangelios son una creación literaria, no una fotografía», pero «hay que leerlos con el mismo espíritu con que fueron escritos». Y contextualizándolos, desde luego. En cualquier caso ha de afrontarse el riesgo de tratar de ser, hoy en día, evangelizadores.

Sin embargo lo que nadie puede negar es la increíble y permanente actualidad de Jesús de Nazaret. Lo califican con razón «el mayor influyente (influencer) de la historia». Y ahí están los musicales de éxito ('33' por ejemplo), o los desfiles procesionales de su imagen, que estos días llenarán las calles de España. Esa permanente actualidad es de sobra conocida, pero no lo es tanto que, aunque se decía que 'La Revelación' había concluido con la desaparición de la generación apostólica –resulta indeterminado e indeterminable la fecha de la muerte del último apóstol–, dicha Revelación mira al futuro y continúa abierta a la investigación y la interpretación. Tampoco es demasiado conocida la inconmensurable cantidad de trabajos y debates que han precedido a los pronunciamientos de los sencillos catecismos que muchos recitábamos como loros en los colegios de nuestra niñez. No recibíamos una 'doctrina cristiana', aunque así lo formularan, sino que íbamos descubriendo a la persona a la que después seguimos o no. Ya se sabe, ser cristiano es seguir al Nazareno, no sencillamente profesar una doctrina. Pero «sigue habiendo una cara oculta de Jesucristo hasta el final de los tiempos» (Sesboüé). Y cada cultura, cada persona, cada época, ha de descubrir, ante la inagotable riqueza de su verdadero rostro, las respuestas a las innumerables preguntas que la vida nos obliga a hacernos.

Pero ¿cómo saber si esos continuos hallazgos desveladores están en el buen camino?, ¿cómo reconocer que las sucesivas propuestas de la Iglesia –por medio, sobre todo, de cartas y exhortaciones papales– responden a la realidad de Quien, para nosotros, encarna al Dios en que creemos?, ¿cómo determinar si una nueva perspectiva de su palabra supone un acercamiento a su persona y a su mensaje? Es difícil alcanzar una certeza absoluta sobre cuestiones de fe, pero es evidente que una conciencia formada –a la que debemos tender– percibe, siente dentro de sí, que un concreto progreso resulta coherente respecto de Aquel que desea el bien esencial del hombre.

Todo lo que vengo diciendo conviene ilustrarlo con un ejemplo y si es de la actualidad, mejor. Escojo para ello el espinoso tema del perdón, que constituye el núcleo del sacramento de la penitencia y que ahora se expresa también como «de la reconciliación». Esa última expresión denota tanto el efecto como la actitud de quien pide perdón a Dios o a los demás.

Por tanto, quien demanda que se le pida perdón, quiere también que se reconozca que se le ha causado un daño al peticionario, aunque la finalidad sea reconciliarse con él. En la actualidad se ha puesto de moda requerir esa petición de perdón, no tanto para 'reconciliar' –en muchos casos se suponía que existía ya esa reconciliación–, sino como medio de obligar al otro a proclamar ante todos que se le ha infringido un daño. Se desvirtúa así su esencia reconciliadora. Cuando López Obrador reclama a España una petición de perdón, no solo debería pedirlo él mismo, por pertenecer originariamente a los supuestos genocidas, sino porque España no necesita reconciliarse con México. Cuando los integrantes de la mezquita sevillana de Ishbila nos requieren para que los españoles pidamos perdón por la Reconquista, olvidan que pertenecen al grupo de los que antes fueron conquistadores. Desconocen que hace siglos que nos reconciliamos con los musulmanes, menos con quieénes dicha reconciliación resulta imposible porque son terroristas y asesinos.

He aquí por qué, para quien esto escribe, la actitud acorde con el rostro de Cristo es subrayar la actual nota reconciliadora del perdón, que el Papa Francisco ha escenificado yendo a Marruecos o abrazando de corazón a los imanes. Eso es progreso en una economía de la definitiva reconciliación universal y acercamiento a Dios.