ESTEPONA, UNA FRONTERA MEDIEVAL

CATALINA URBANEJA ORTIZ

ESTEPONA ha experimentado a lo largo de su historia unas vicisitudes tan diferentes a las de Marbella que, a simple vista, podría pensarse que son ciudades territorialmente lejanas. Habrá que retrotraerse al cerco de Tarifa por Sancho IV en 1292, en que fue tomada por los granadinos; una posesión breve puesto que, en 1318, el rey Ismail la devolvió a Castilla. Según puntualiza Sánchez Bracho, cuando Alfonso XI tomó Algeciras en 1344, Estepona pasó a ser el punto fronterizo del reino de Granada por el sector oeste, aunque fue reconquistada por los nazaritas quince años, marcando una divisoria que se mantendrá hasta la conquista de Marbella en 1485.

Durante su primer año de reinado, Enrique IV inició una etapa de conquistas por Andalucía con el pretexto de la ruptura de la tregua entre musulmanes y cristianos. Corrió la Vega de Granada, destruyó los trigales, quemó cortijos y, después de talar los campos marbellíes, ganó Estepona que, a partir de entonces, quedaría definitivamente incorporada a Castilla. A consecuencia de este cambio, los musulmanes del otro lado de la línea fronteriza se verán forzados a modificar sus modos de vida, teniendo que acudir a Marbella para solventar cuantos asuntos realizaban antes en Estepona.

En mi opinión, Enrique de Trastámara no supo gestionar su nuevo territorio, puesto que sus decisiones con respecto a ella no fueron muy acertadas. Hablamos de una ciudad que él mismo había arrasado y en la que sólo se mantenía en pie su castillo, resultando complicado mantener una población estable. El monarca la cedió por merced a don Juan de Pacheco, marqués de Villena, con la condición de que debería repoblarla y tenerla abastecida para utilizarla como bastión defensivo en la lucha contra los musulmanes. A tal fin, en septiembre de 1456, le nombra alcaide de su fortaleza con una dotación pecuniaria en la que se incluía el «sueldo e pagas de la gente que en ella tiene e terná», así como para pagar a los guardas, velas, rondas, escuchas «e los otros oficiales que han de ser en la dicha villa».

El de Villena no encontró colonos dispuestos a desplazarse a una ciudad que estaba destruida, en primera línea fronteriza y cuyos campos no podían cultivarse debido a las continuas razias, por lo que instó al rey a promulgar el privilegio de homicianos, a semejanza del que se había decretado para la ciudad de Antequera, con el fin de que «se poblase e estuviese a buen recabdo para mejor se defender de los dichos infieles moros». El privilegio concedido a Estepona contemplaba un tiempo sensiblemente inferior al de Antequera -un año y un día- y consistía en que, aquellas personas condenadas por asesinato que residieran en ella durante diez meses seguidos, manteniéndose a su costa y dispuestos a defenderla de los ataques del enemigo, serían perdonados de los crímenes cometidos y obtendrían su definitiva libertad.

Estepona sólo se mantuvo poblada de cristianos cinco años, siendo abandonada en 1461 en que «despoblándola luego, la derrivaron», aunque el privilegio continuó vigente incluso después de que a Pacheco lo desposeyeran de sus prerrogativas en 1458. Las razones de esta destitución pudieron deberse a su incapacidad para repoblarla, tal y como le había encargado el rey, y en cambio la utilizó como centro de incursiones depredadoras hacia Marbella y Fuengirola, aún integradas en el territorio nazarí. Para frenar estos actos incontrolados se ordenó a Juan de Saavedra el desmantelamiento de la villa, pero su prematura muerte le impidió realizarlo, siendo finalmente el concejo de Jerez el que lo llevaría a cabo, ejerciendo sobre ella una preeminencia que conllevó un largo periodo de abandono y que acabaría en litigio por cuestiones territoriales.

El privilegio de homicianos se mantuvo hasta la anexión de Marbella, tal y cómo se desprende del acuerdo adoptado por los Reyes Católicos en 1477 atendiendo a la solicitud de Juan de Toledo, hijo del tintorero toledano Miguel Sánchez. El hombre había sido enviado a Estepona, «ques frontera de moros», como castigo por el asesinato de Diego Ordóñez, criado de Alfonso de Santolalla. Transcurridos los diez meses decretados, consideraba expiada su culpa y merecía el perdón prometido, suplicándoles que «no fuese proçedido contra él ni otros sus bienes», a cuya petición accedieron los monarcas.

Salvo este documento, no tengo conocimiento de cuántas personas pudieron acogerse al privilegio decretado en las cortes de Toledo por Enrique IV, tan sólo puedo decir que perdió vigencia cuando Estepona pasó a formar parte de la Tierra de Marbella en 1488, ya que el problema de su despoblación había dejado de ser preocupante, al menos en apariencia, porque la falta de viviendas, unida a la debilidad de su fortaleza para repeler los ataques de los berberiscos, frenaron la llegada de pobladores dispuestos a establecerse definitivamente en ella.

 

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