Estallido

JOSÉ MARÍA ROMERA

Al mediodía del domingo 6 de julio, la fiesta estalló. No hay otra manera de expresarlo», escribió Hemingway en 'Fiesta'. Hoy, casi un siglo después, el estallido se repetirá y alguien querrá volver a contarlo con palabras nuevas pero en vano, porque la esencia de los Sanfermines reside en su carácter redundante. Sin embargo a los pamploneses siempre les ha preocupado el destino de unas fiestas que creen ver en constante peligro de extinción. Tal vez por eso el pamplonesismo tiende cada vez más a guarecerse en torno a un modelo festivo algo uniforme, como esa indumentaria blanca y roja que ya ha adquirido el sello de tradicional cuando lo cierto es que apenas se remonta a unas pocas décadas. Primero fue la amenaza de adulteración derivada de una invasión turística de la que, con cierto exceso de fe en el poder transformador de la literatura, muchos siguen culpando al propio Hemingway. Luego vinieron las tensiones políticas, de cuya consecuencia más siniestra se cumplen ahora los cuarenta años. Fue en 1978 cuando la muerte del militante de izquierda Germán Rodríguez, por disparos de la policía, obligó a suspender el programa festivo apenas dos días después de su inicio. Sobre los Sanfermines se ciernen asimismo los avisos de un animalismo en auge que no solo exige la abolición de las corridas, sino que ya apunta a los propios encierros, el elemento medular de la ceremonia. El último mandoble contra la reputación de los Sanfermines se lo ha propinado el caso de 'La Manada'. A lo brutal del suceso y a su amplia repercusión mediática se le añade la propagación de una imagen de la fiesta como paraíso de depredadores sexuales y territorio de extremo peligro para las jóvenes. A pesar de los pesares, los Sanfermines resisten contra viento y marea como una de las manifestaciones populares más joviales, luminosas y robustas del calendario festivo. Por soportar, soportan hasta a sus propios defensores, una legión de exquisitos empeñados en transformarlas en fiestas para iniciados en rituales secretos y para conocedores de 'momenticos' reservados únicamente a los castizos.

Los Sanfermines son todo lo contrario: unas fiestas a la carta donde nadie está excluido y cualquiera puede elegir su modo de divertirse sin necesidad de seguir un guión establecido. Si perduran es porque en el fondo nunca han dejado de ser unas fiestas aldeanas y elementales, solo que abiertas hacia afuera por el efecto multiplicador de la notoriedad. Con su actual forma o con otra, la fiesta seguirá estallando a las doce de todos los seis de julio por encima de claroscuros, vaivenes y contradicciones. Y si bien se mira no podía ser menos teniendo en cuenta que los Sanfermines se celebran bajo el patrocinio de un santo que nunca existió y que sin embargo sigue recibiendo las muestras de devoción de los pamploneses, ateos incluidos.

 

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