Españolear al relator

El speaker citó con fruición a Torremolinos, los 'aves' bajaron llenos y a Sánchez le pitaron los oídos

JESÚS NIETO JURADO

El nacionalismo es insaciable. Es ese monstruo que desde siempre, desde que tenemos memoria, nos ha impedido la felicidad completa. A estas alturas de la película, piensa uno en qué hubiera podido ser de este país si no hubiéramos pagado el peaje de contentar a los supremacistas. Lo hemos aprendido casi en el descuento, sí, pero no hay mal que por bien no venga.

Muchos nunca vimos el prestigio izquierdista de la sardana monolítica, y eso que internacionalizamos a Pujol -el peorcito de la Historia reciente- cuando nos alegramos y nos empeñamos en aquellas Olimpiadas con la infanta llorona y España creyéndose que ya era una modernidad de top con lo de Barcelona 92 y con la mascotilla del Cobi. Entonces vivimos por encima de nuestras posibilidades, y a mí me regalaron hasta un patinete. Pero hoy no toca hablar de las cuatro esquinas cotidianas porque en estos días de primavera previa, con algunos jazmines reventones, las guapas niñas de Pedregalejo sólo hablan del juicio del 'procés'. A España irán las miradas de todo el mundo, incluso de esos corresponsales que se creen Hemingway y que esta bella península es algo así como los Balcanes hace casi dos décadas.

Por mitad de la Historia, aún resuenan esos pactos en un hotel de Barcelona. Lo que le correspondía a Málaga y fue para Cataluña. La desvergüenza de cuarenta años plegados a la coacción...

Después de que Sánchez mendigara su supervivencia y sacara libro, se ha visto que sí, que el nacionalismo es insaciable. Que con él no cabe ni la conllevancia orteguiana ni el diálogo. En cualquier caso vivimos tiempos líquidos, y los cuarenta años de democracia se han intentado vender a precio de saldo. Sin embargo, hay como una noción democrática del «Basta ya», del hartazgo. De saber en carne propia que cuando se bailotea en los límites de la Constitución se abren las peores heridas del Estado de Derecho.

A Puigdemont no le han puesto un cordón sanitario, sino que el plasma desde donde manda sale casi en 3-D y por Dolby Surround. La poca literatura de España sobre sí misma genera monstruos como este prófugo en Bruselas; el independentismo ha quedado retratado, pero hay quien le concede una pátina de prestigio.

El domingo me empotré en la manifa de Madrid contra Sánchez y su 'torrismo' y las caras no eran las de un mundial. Vi ojeras, socialistas antiguos, jóvenes que se han tomado la molestia de leer un periódico. En fin, la buena gente que sabe que toda cesión al separatismo les arrebata el ser y hasta el pan. El speaker citó con fruición a Torremolinos, los 'aves' bajaron llenos y a Pedro Sánchez le pitaron sus oídos relatores. Seguro.

El español está en búsqueda de relato y relator. Quizá lo vaya encontrando en esta cosa silente y necesaria de una identidad feliz. En esos doce autobuses que volvieron a Málaga, el domingo, cabía la esperanza de un tiempo nuevo y un lienzo en blanco. Mi hermano Sergio ha sido padre y quizá esté pasando eso que cantaba Bob Dylan: los tiempos están cambiando.