Cosas de España

Alfredo Taján
ALFREDO TAJÁN

'Cosas de España', así ha titulado Carlos Pranger, editor de los ensayos, artículos y crítica literaria, inéditos hasta hoy en español, que la editorial Fórcola de Javier Jiménez acaba de publicar en los albores del 2019, un siglo después de que un joven ex soldado inglés desembarcara empapado en La Coruña, una ciudad en la que nunca, valga el eufemismo, se ponía el sol, en busca de un país refugio, que era lo que hacían los vástagos, más o menos rebeldes, de una generación anglosajona perdida y nunca hallada, a pesar de que han transcurrido cien años de claroscuro interminable. 'Cosas de España', me comentaba en mi coche, camino al caserón de la insuperable anfitriona Maribel, madre de nuestra Alejandra (Alexia), musa irrepetible del Aduana Vieja; me comentaba Ignacio Gómez de Liaño, que de esa forma, 'Cosas de España', suelen titular los ingleses cosmopolitas a los textos que dedican a países extranjeros, sin ir más lejos, veamos dos ejemplares indiscutibles: Harold Acton, 'Cosas de China'; Somerset Maugham, 'Cosas del lejano Oriente', y tantos otros, que además no emplean el 'China's Things' sino 'The Things of China', a la manera del inglés antiguo que indica cierta distancia aristocrática a las costumbres distintas a las que marca el té de las cinco en Belgravia o en Bloomsbury, barrio que dio nombre a una corriente literaria en la que Gerald Brenan circuló, por carreteras secundarias, y de la que también salió huyendo despavorido hacia un país del que se enamoró casi como de Dora Carrington: España.

Gerald Brenan fue un hispanista singular, eléctrico, un antropólogo de la tierra más que un hispanista al uso, un hombre libre, incómodo y hasta insobornable, tanto en lo personal como en lo intelectual, siempre ajeno a las imposiciones de la tribu. Esa incontenible furia contra los dogmas, que la autoridad paterna había querido inculcarle en colegios con férrea autoridad, no hizo más que empujarle al laberinto español, al que desafió cara a cara, como un minotauro que combate hasta el final para descubrir la salida, aunque le cueste la muerte, eso sí, una muerte digna y consciente. Hago hincapié en la airada actitud de Brenan porque este libro, en el que se ha seleccionado una brillante miscelánea de artículos nada comunes en el 'corpus breniano', contiene aportes singulares de la visión de nuestro país, al que Brenan observó y estudió durante décadas cambiantes, con profusión y ahínco, temas que van desde el misticismo de San Juan y de Santa Teresa, el Siglo de Oro, Cervantes y El Quijote a la España de Galdós, Picasso, Machado, Lorca y el 27, llegando a Cela, Laforet, la postguerra, y hasta la impresión de cada una de sus visitas al Museo del Prado...; Carlos Pranger, en el prólogo de este libro ameno que sorprende por su variedad e iconoclastia, asegura que Brenan es ante todo «un voyeur entre bambalinas, vicario, que se proyecta en su tema predilecto: España». Y no se equivoca Pranger, ni yo, ni la Casa Gerald Brenan del Ayuntamiento de Málaga, que ha bendecido este milagro.

 

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