Pez Espada: hotel de hoteles

Alfredo Taján
ALFREDO TAJÁN

Este año se cumplen sesenta de la espectacular inauguración del hotel de hoteles de la Costa del Sol (la oficial fue el 31-5-59), cuya torre aún se alza con sobria armonía en La Carihuela; me refiero al Pez Espada, plaza mítica para una inmensa minoría que, además, representa el inicio de un recorrido sin final posible. Pez Espada, el Pez, como lo llamaban los que hicieron posible este emporio de sombras vivas, anuncia la permanencia de un tiempo ido, de otro país que llevaba el mismo nombre, de una galería de estrellas escalofriante danzando alrededor de la piscina de riñón al ritmo de un chachachá eterno. Muchos de mis amigos cayeron, antes o después, como caí yo, caímos todos, atrapados por el imaginario de aquellas noches que nunca acababan, y que aún resuenan, al anochecer, sobre las amebas de la recepción, sobre la escalera helicoidal, sobre el desaparecido pantalán, o pequeño embarcadero, donde, dicen, atracó fugazmente el conde de Barcelona para tomarse un dry-martini, en pleno Contubernio de Munich, y el pretendiente, y su 'Saltillo', sin querer enterarse. ¡Ay, España, me duele España, me sigue doliendo España! Y al Pez Espada iban llegando, mientras tanto, la flor y nata de los nómadas de lujo que ansiaban nuevas tierras y nuevos cuerpos, gráciles geografías que antecedieron, incluso, a los lánguidos 'beatniks', que no podían alojarse en aquella nave 'ultramoderna' con unos precios que solo los duques de Windsor, Ava Gardner, la gran voz mafiosa de Frank Sinatra, el agente secreto Sean Connery, las Cardinale, Loren y Pickford, S. M. I. la princesa repudiada Soraya, Perón e Isabelita, el rey Faisal, la Bardot, Cocteau, Welles..., entre cientos de nombres rutilantes, podían abonar sin ser notados.

No se equivocaron los promotores inmobiliarios Mato y Alberola y los arquitectos Monasterio y Jáuregui al poner en pie aquella joya resplandeciente de la memoria de Málaga, en realidad, su primer espacio poseedor de un duende fuera de la norma, su más que impresionante destello nocturno, al margen de los avatares, algunos asesinos, de un crecimiento turístico que no siempre ha estado a la altura de las circunstancias. Y no exagero para nada. Y luego fulgen también, cómo no, los que mantuvieron y mantienen la luz del Pez Espada con una llama votiva: Diego Santos y Tecla Lumbreras, con la soberbia catalogación del estilo del relax; y José Luis Cabrera y Lutz Petry con esa página web, ya convertida en canon, titulada 'Torremolinos Chic'. No sé si lo recordarán, pero todos fueron incluidos como personajes de una novela -ese fue mi granito de arena- que publicó el que suscribe hace ya la friolera de ocho años, con un título absolutamente claro: 'Pez Espada', y en la que se mezclaba la traición, el espionaje, la pasión, la evocación..., y que no fue más que un intento de revitalizar ese género literario que se llamó de la 'Costa del Sol', y que contó con autores como Ángel Palomino -Torremolinos, Gran Hotel- entre otros, y con Antonio D. Olano, cuya guía nos sirvió para reconstruir desde la prestigiosa revista 'Litoral' aquel maravilloso libro titulado 'Torremolinos, de pueblo a mito'. Ahí queda eso.