Eslovenia

Alfredo Taján
ALFREDO TAJÁN

Eslovenia es una república tan pequeña como pulcra que se constituyó como tal en el verano del 91, desgajándose de la antigua Yugoslavia. Su naturaleza de país fronterizo la había convertido en una especie de Ruritania, aquel principado imaginario donde Rupert de Henzau (James Mason) mantenía encarcelado al verdadero príncipe (Steward Granger), protagonistas de la famosa novela de Anthony Hope, y no menos famosa película 'El prisionero de Zenda'; pero abandonemos el cine y abordemos la cruda realidad. Eslovenia se independizó de la Federación Yugoslava el 25 de junio de 1991. Lo haría como lo hicieron Croacia, Bosnia-Herzegovina o el antiguo reino de Montenegro. Hasta la propia Serbia se desgajó de sí misma. Belgrado se proclamó independiente con unos límites parecidos a los que tenía antes de la unificación arbitrada por Josip Broz, el conocido mariscal Tito, partisano pero menos, tirano, pero menos, propulsor de los países no alineados, junto a Nasser y Nehru. Todo aquello lo vivimos en directo, fue una guerra televisada, el desplome de un federalismo que exhibía sus logros económicos y ocultaba sus diferencias en un almacén repleto de cadáveres apilados junto a las vías férreas desde la primera guerra mundial que precisamente había sido propiciada por el primer estado terrorista conocido: Serbia, con el comandante Apis a la cabeza, asesino de reyes, cerebro del atentado de Sarajevo en 1914. Al conflicto balcánico de los años noventa del pasado siglo tampoco le faltaron escenas de violencia étnica en la que se mezcló odio, ensañamiento e higienismo. Recuerdo que afloraron en España, el mal siempre viene de lejos, algunos radicales que defendían al presidente Slobodan Milosevic, ese nacionalista delirante que dejó a individuos de la calaña de Karadzic y Mladic la dirección de matanzas genocidas en Kosovo y Srebrenica, donde fueron masacrados miles de bosnios mientras Sarajevo agonizaba. Solos unos meses antes la dulce Eslovenia también decidió plantarle cara al ogro declarando, unilateralmente, su independencia de la Federación Yugoslava, y esta respondió invadiendo el país. Fue un conflicto fugaz pero sangriento que duró sólo diez días y ocasionó más de setenta muertos. Pero dentro de la tragedia, Eslovenia tuvo suerte, en la catedral de San Nicolás de Liubliana tañeron las campanas en son de paz cuando Serbia, cuestionada por Croacia y por Bosnia, e impelida por Alemania y el Vaticano, decidió retirar su ejército a principios de julio de 1991.

La independencia eslovena tuvo mucho de riesgo y de improvisación y contó con el factor suerte. Hoy es un país relativamente próspero pero quizá uno de los más dependientes del mundo y, junto con Croacia, nos lleva a pensar que la disidencia siempre tiene un precio. Y el precio es alto. Cuando Quim Torra, en una de sus frases dignas del derechista agresivo que es, asegura que «la vía eslovena es lo que daría la fuerza para hacer el referéndum de autodeterminación» creo que no sabe muy bien lo que dice, y si lo sabe, también debe saber que se sale de los protocolos de actuación que con tanto ahínco exige a los Mossos d'Esquadra a la hora de salvaguardar el orden público.