Enemigos

Héctor Barbotta
HÉCTOR BARBOTTAMarbella

Eldiputado malagueño por Podemos Alberto Montero, a quien el cainismo absurdo de su organización devolverá a la universidad tan pronto como acabe esta legislatura, se quejaba recientemente de que cada semana el Congreso de los Diputados vive unos plenos en los que parece que el mundo se fuera hundir, España estuviese a punto de romperse o fuera a producirse una invasión alienígena.

Hubo quien creyó que el fin del bipartidismo y la aparición de nuevas formaciones iba a acabar con la crispación y que el Congreso caminaba hacia a un paisaje institucional que reflejara con más precisión al país real. Ha pasado todo lo contrario. En los parlamentos se sigue representando una España de dos bloques enfrentados e incapaces de ponerse de acuerdo que no se parece en nada, pero en nada, a la forma en que los españoles de a pie se relacionan entre sí. Ni en las ampas, ni en las comunidades de vecinos, ni en los clubes deportivos, ni en las empresas, ni siquiera en las siempre conflictivas reuniones familiares la gente afronta sus diferencias como si el que piensa distinto fuese un enemigo mortal o un traidor que no merece ni agua. La gente de a pie, normalmente, no se falta el respeto, ni se desprecia, ni se ataca por el simple hecho de que ante un problema alguien opine que una solución es mejor que otra.

Esto va a peor y posiblemente mucho tenga que ver la manera en que los partidos tradicionales han afrontado la llegada de los nuevos actores. Mientras que la aparición de Podemos fue recibida con aversión por el PSOE -aún se recuerda aquella sentencia robada a Miguel Ángel Heredia en la que advertía de que el PP era el adversario y Podemos, el enemigo-, el PP, que no tiene un invitado en su espacio, sino dos, recibió primero con hostilidad a Ciudadanos, pero luego optó por acoger a Vox como a un aliado. Hasta tal punto que, la mayor parte de las veces, si se cierran los ojos es muy difícil saber si quien ha hablado es el presidente del principal partido de este país o el líder de una formación nueva que encuentra su motor en el odio ideológico.

La última concesión que ha realizado el PP a su adversario-aliado es la de reabrir el debate de la memoria histórica en Andalucía al anunciar la reforma de una ley que se aprobó en su día sin un solo voto en contra y que ahora resulta urgente cambiar sin que nadie explique en qué parte y por qué.

Con la mimetización del discurso y esa política de concesiones, el PP asume que Vox es su aliado. Proyecta el escenario postelectoral de Andalucía a todo el país y olvida que aquí hubo un factor clave: la abstención masiva del electorado de izquierdas. Una abstención que difícilmente se repetirá si, con cesiones de ese tipo, lo invita a volver a las urnas.