Empeños anacrónicos

LORENZO SILVA

Ya está aquí 2019 y nos sorprende enfrascados en refriegas que nada tienen que ver con los desafíos que en verdad se abren ante nosotros; en discusiones tan acaloradas como vanas acerca de cuestiones que nos retrotraen a tiempos pretéritos. Lo es, a fin de cuentas, esa ya espesa y fatigosa pulsión encaminada a afirmar naciones o repúblicas -la etiqueta no hace el invento más pertinente o necesario- sobre los contornos de remotos feudos medievales, que tantas energías nos ha consumido en los últimos años y parece que aún ha de detraernos algunas más. Lo es, también, la tentativa de imponer en la agenda política la retroacción de la descentralización autonómica o la impugnación de las leyes consensuadas en la última década para dar respuesta a la intolerable violencia que padecen las mujeres por el hecho de serlo, y de la que los varones, aunque podamos ser y seamos objeto de otras injusticias, vivimos felizmente exentos.

No es que sean cuestiones sin importancia, ni tampoco se pretenderá que en su estado actual la legislación da respuesta perfecta e inmejorable a los problemas que plantean. Sin duda que cabría perfilar el autogobierno de las comunidades donde hay una conciencia singular de su propia identidad, ajustar de modo más eficaz los mecanismos del Estado autonómico o afinar algunas disfunciones en la aplicación de las leyes hoy existentes contra la violencia de género. Lo desdichado es haber convertido estos asuntos en caballo de batalla y eje del discurso político, con la intención principal de deshacer los consensos y la consigna -de cuya honradez cabe recelar seriamente- de devolverlos a un punto al que todos sabemos que no pueden regresar. Y en tanto nuestro debate público se consume en empujar y contener estos empeños anacrónicos, los retos que de veras nos interpelan, y a los que otros prestan toda su atención, están completamente ausentes de los alegatos de nuestros dirigentes. No vamos a hablar de una posible recesión económica -que ya sabemos cómo nos golpean por estos pagos las vacas flacas-, de la reinvención del modelo productivo o de los peligros que para nuestra democracia se derivan del tráfico y la explotación de los datos personales. Ya sabemos que en todo lo que tiene que ver con el largo plazo nos toca cruzar los dedos y ver qué nos acaba pasando, porque de esas cosas aquí nadie se ocupa.

Hablamos, por ejemplo, de que dentro de sólo semanas los británicos se van de la UE y ello aboca a un reequilibrio político del edificio europeo, donde tenemos nuestro presente y nuestro único futuro -por más que algunos se transporten con repúblicas imaginarias o con el imperio de Felipe II- y donde tendríamos que saber -y antes acordar- qué queremos ser y decir. Si es que queremos ser o decir algo. Otros sí saben. Y quieren.