Las elecciones

Cambiar de opinión es, probablemente, una de las propiedades más genuinas de la naturaleza humana. Y es en esta propiedad donde reside el secreto de la democracia

Las elecciones
Federico Soriguer
FEDERICO SORIGUERMédico. Miembro de número de la Academia Malagueña de Ciencia

Norberto Bobbio escribió un librito con el mismo título de esta tribuna, en un momento (1994) en el que «la credibilidad de los partidos estaba muy minada, se cuestionaban las categorías izquierda-derecha, se anunciaba el fin del bipartidismo y proliferaban las opciones entre la extrema derecha y la extrema izquierda».

Frente a quienes anunciaban su desaparición, Bobbio defendía que la izquierda y la derecha representan el carácter dialéctico de la naturaleza humana. Frente a los totalitarismos que creen en la unicidad, la democracia lo que hace es reconocer la diversidad de la naturaleza humana, permitiendo la convivencia pacífica de las diferentes maneras (representadas metafóricamente por la izquierda y la derecha) de interpretar el mundo. Y es aquí donde el concepto de izquierda o derecha adquiere un carácter contingente, cambiante en función de los valores individuales, del espacio geográfico y cultural y del momento histórico. También a lo largo de la misma vida de una persona el carácter de izquierda o derecha cambia. Por eso quienes dicen que ya no hay izquierdas ni derechas están olvidando la inevitable complejidad de los seres humanos, una diversidad imprescriptible y cambiante.

Porque así es la naturaleza humana, diversa, imprevisible, versátil. Y somos así porque la madre naturaleza a lo largo de cientos de miles de años nos ha hecho así, entendiendo aquí la idea de naturaleza de una manera amplia, no como aquello que tiene que ver solo con la biología, sino también y sobre todo con esa construcción cultural que en un momento determinado sustituye con ventaja a los mecanismos de adaptación biológica, convirtiendo al simio en un animal tecnológico y más tarde en un animal político. Un viaje sin retorno. Por eso hoy, a pesar de los nostálgicos, son inaceptables sociológicamente las autocracias. Por eso hoy hasta los más reaccionarios se disfrazan bajo el ropaje democrático. Por eso hoy una de las formas de compromiso político es la de develar a aquellas formaciones que se presentan disfrazadas de piel de cordero.

José María Ruiz Soroa, con la inteligencia que le caracteriza, en varias ocasiones ha explicado (con acierto) que parte del éxito de todos los Trump es debido al error de identificar a los Trump y a sus votantes como personas moralmente equivocadas. No, esta nueva ultraderecha no es facha a la vieja usanza. Hay que tener cuidado con el uso de los diagnósticos. Seguir llamando, por los colocados en la zona moralmente confortable (los buenos), comunistas a la izquierda radical y 'fachas' a la llamada ultraderecha, apenas aporta nada a la comprensión de la realidad política actual, pues unos (los buenos) y otros (los malos) han terminado aceptando el juego dentro del escenario marcado por esa convención formal que hemos llamado democracia parlamentaria (dice Ruiz Soroa). Por eso si alguna vez ganaran ('los malos') lo harán, precisamente, dentro de este mismo marco jurídico político democrático, estando, una vez que consigan la victoria electoral (y con razón práctica) con derecho a modificar el mismo marco que les permitió la victoria.

Y es aquí donde reside el peligro. Porque los que flotamos en la mayoría moral bienpensante, esa que ha gobernado Occidente desde la Segunda Guerra Mundial, deberíamos reflexionar sobre las razones por las que hay tanta gente que, por un lado, apoya políticas xenófobas, nacionalistas y antifeministas y por el otro extremo, políticas igualitaristas, antiglobalizacion o de género radicales e irrealizables por utópicas. No deberíamos olvidar que el miedo a la libertad que justifica el crecimiento de la ultraderecha es tan antiguo como el mundo, como lo es también el altruismo y el anhelo de felicidad, que mueve a la izquierda radical. Ni deberíamos olvidar que, como dice Flores d'Arcais, tan naturales son un Hitler y quienes lo auparon al poder como San Francisco de Asís y todos sus seguidores. Que sin el miedo y el riesgo, ambos juntos y revueltos, la humanidad no hubiera progresado. Como no lo hubiera hecho, también, sin que los humanos cambiaran de opinión.

Cambiar de opinión es, probablemente, una de las propiedades más genuinas de la naturaleza humana. Y es en esta propiedad donde reside el secreto de la democracia pues no es posible concebir una democracia en la que los sujetos siguen aferrados a las mismas tesis, cualquier cosa que sea lo que ocurre a su alrededor. Y cambiar de opinión es siempre un salto en el vacío que exige espíritu crítico, educación y justificación. Justificarse no es sino dar razones de lo que hacemos. Por eso no hay una sociedad política propiamente dicha si no hay debate, si no hay información libre, si no hay justificación de lo que se dice y de lo que se hace. Daniel Dannet suele decir en sus entrevistas que a lo largo de su vida ha cambiado de opinión numerosas veces, pues solo los fanáticos no lo hacen. Sí, estar dispuesto a cambiar de opinión es importante como lo es también el no hacerlo ante el primer canto de sirena, tal como hacen los demócratas pusilánimes criados en la cultura del 'pensamiento débil'. Pero estamos aquí, en Andalucía, lejos de tan sofisticado debate y la cuestión mañana domingo es si hay que votar ideológicamente o resignarse a hacerlo pragmáticamente, si ejercer el dulce y secreto placer de la traición o el confort de la continuidad, si no votar o hacerlo en blanco, si apoyar a los representantes del pensamiento débil o a quienes representan la ausencia de cualquier pensamiento. Porque en última instancia el problema es de dónde sacar la energía política necesaria para acudir a las urnas, pues la vacuidad de las propuestas es de tal envergadura que será necesario un esfuerzo cuasi religioso para hacerlo. Un acto supremo de fe y de compromiso con la democracia.

 

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