Educar e investigar, los grandes retos

Las ciencias sociales, económicas y humanas son más necesarias que nunca para entender la compleja realidad

EVA FERREIRAMATEMÁTICA Y DIRECTORA DE UNIBASQ

Nunca se ha vivido mejor que ahora. En la comparación con nosotros mismos a lo largo de los siglos, en ningún otro siglo tanta gente ha vivido tanto tiempo, con tan alta calidad de vida. El flujo de información es cada vez más rápido y accesible. Los avances en el conocimiento científico y tecnológico nos permiten diagnosticar y anticipar cada vez de forma más precisa y con mayor antelación enfermedades o fenómenos meteorológicos. Tenemos el mayor porcentaje de población viviendo en democracia y con acceso a la educación. Si hablamos de Europa, el porcentaje de trabajos cualificados aumenta frente a la tasa de los que no lo son. Nunca tanta gente había tenido tantas oportunidades de tener una ocupación estimulante. Nunca las mujeres habían conquistado tanto espacio público ni tantos seres humanos habían tenido conciencia igualitaria.

Se diría que vamos bien, que con todos nuestros problemas, nuestros defectos, con desigualdades, con crisis y con altibajos, contamos con mejores instrumentos que nunca para afrontar los retos que preocupan a la humanidad. En la agenda europea del siglo XXI se plantean retos como combatir el cambio climático, mejorar la calidad de vida, procurar un envejecimiento digno y sostenible, luchar contra la desigualdad entre mujeres y hombres, contra la discriminación sexual y racial o gestionar los conflictos culturales y religiosos.

La preocupación social llega al Programa Marco de Investigación e Innovación de la estrategia Europa 2020, donde se define una visión de la economía social del mercado de Europa para el siglo XXI, a través de un crecimiento inteligente, sostenible e integrador, que alcance una economía con altos niveles de empleo, de productividad y de cohesión social.

Sin embargo, cerca ya de la fecha marcada asistimos con estupefacción a un proceso de involución social y científica que nos parecía, al menos a la que escribe, ya superado. Surgen con fuerza movimientos que cuestionan esta visión de cohesión social, desdibujando el derecho a la sanidad y educación, ninguneando el cambio climático o negando el soporte público a colectivos con peores situaciones de partida o igualdad de derechos entre mujeres y hombres. Surgen movimientos que niegan resultados basados en la evidencia científica.

El envejecimiento en Europa es creciente y el índice de natalidad extremadamente bajo, pero crecen las voces contrarias a abrir las puertas a la migración. Podemos contrastar de inmediato la información que nos llega, pero las más absurdas 'fake news' se cuelan en la población, y dan la vuelta a tableros electorales. La discriminación por sexo, raza o por orientación sexual es irracional, pero sigue habiendo quienes la defienden con argumentos sin fundamento. Los discursos populistas, que simplifican realidades complejas con manipulación de datos, en el mejor de los casos y, en el peor, directamente con mentiras, encuentran eco en personas dispuestas a creer en ellos, ¿por qué?

Me pregunto si el creciente éxito de estos discursos no estará relacionado con el miedo al cambio. Vivimos tiempos donde hay gran diversidad de relaciones sociales que cambian los modos de vida, donde las novedades se multiplican, lo que ayer era innovador hoy está desfasado y aparece el miedo ante tanta incertidumbre sobre el futuro. La velocidad de los cambios amenaza nuestra propia vida, en el trabajo, en la familia y en el entorno social. Tememos aceptar nuevos roles, nuevos vecinos, nuevas relaciones sociales, nuevas normas que cambien nuestra forma de vida.

Me pregunto si esta involución que apunta la Europa del siglo XXI, y no sólo a Europa, no tiene que mucho que ver con el llamado efecto 'Nimby' (not in my back yard), que definen en Gran Bretaña. Que la sociedad se transforme, pero que a mí no me afecte. Decía el historiador británico Tony Judt que «el miedo está resurgiendo como un ingrediente activo de la vida política en las democracias occidentales,... el miedo a perder el control de las circunstancias y rutinas de la vida diaria», control y rutinas que formamos con identidades colectivas construidas en lote, donde la pertenencia al grupo se rebaja a quien se separa de ese perfil estereotipado y uniformizador que pretendemos nos caracterice.

Uno de los grandes retos que me planteo es lograr una sociedad abierta y flexible que equilibre la pertenencia al grupos sin necesidad de identidades monolíticas, que equilibre en el presente el respeto al pasado con la mirada abierta al futuro. ¿Cómo? No tengo la respuesta, no es posible dar una sola respuesta sobre un fenómeno que es mucho más complejo. Lo que sí tengo claro es que la solución pasa necesariamente por más conocimiento social y más educación basada en ese conocimiento. Las llamadas ciencias duras nos aportan resultados esperados que nos dan confianza en la toma de decisiones en medicina, o en ingeniería y mejoran nuestra calidad de vida.

Pues bien, las ciencias sociales, económicas y humanas resultan más necesarias que nunca para entender la realidad compleja a la que nos enfrentamos. Por su propia naturaleza, no nos ofrecen certezas, pero los estudios rigurosos son capaces de proporcionarnos claves para tomar decisiones en los escenarios más probables, disminuyendo el margen de error frente a la elucubración sin evidencias. Nos aportan conocimiento sobre la naturaleza de los comportamientos sociales, su dinámica, sobre los efectos de las políticas, sobre las posibles relaciones causa-efecto entre los acontecimientos humanos. Es clave reforzar la investigación asociada a los restos sociales y difundir sus resultados. No tenemos otra forma de gestionar la incertidumbre social.

Solo así podremos lograr una sociedad cada vez más educada y con más instrumentos de análisis que sea capaz de contrastar la coherencia y la veracidad de los mensajes en medios políticos y sociales. Las personas queremos posicionarnos ante distintas propuestas de gobernanza, legislativas, económicas o de organización social. Nos decantaremos por unas o por otras, pero es importante que lo hagamos, cada vez en mayor medida, asumiendo sus consecuencias más probables.

 

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