Drama en sesión continua

DIEGO CARCEDO

Mientras seguimos sin quitar la vista de los televisores sobre la marcha del Mundial de Fútbol, las miserias humanas continúan poniendo a prueba la incapacidad social para poner fin a los múltiples horrores que tanto deberían atormentar nuestras conciencias. Hay muchos, pero entre tantos probablemente ninguno sea tan lacerante como el que produce la violencia de género: el mal que no cesa. La amenaza que se cierne sobre las mujeres es terrible pero la vergüenza que produce a los hombres, primero por la crueldad salvaje que implica y segundo por el fracaso reiterado para pararla, resulta además de dolorosa también abochornante. ¿Qué clase de bestias somos cuando nuestros instintos se desatan? ¿Qué grado de minoría de edad conservamos para no ser capaces de valorar el respeto a las personas y a sus vidas?

Esta lacra tiene muchas variantes, desde la violación hasta el asesinato, todas ellas deleznables. Entre tantas cosas como preocupan a las sociedades adultas, pero ninguna parece más grave que el fracaso de unos sistemas de enseñanza que por mucho que preparen a las nuevas generaciones para manejarse en el uso de las nuevas tecnologías, no han conseguido, si es que lo intentan, formarnos para convivir. En la última semana ya han sido cuatro las mujeres muertas a manos de sus parejas; en tres días, dos en la provincia de Madrid y veintiún en lo que va de año en España. Resulta desolador y más cuando surge la primera reacción en forma de pregunta: ¿Qué se puede hacer? Es decir, ¿qué se puede hacer que no se haya hecho o se esté haciendo? Y la respuesta, a poco que se reflexione, no puede ser más pesimista.

No sabemos qué hay que hacer. Hay que reconocer que se ha intentado: se han promulgado leyes específicas; se han implantado sistemas de protección de las víctimas y de alejamiento de los agresores; hay decenas de sujetos deleznables pagando en prisión largas condenas, pero ni las medidas preventivas ni los escarmientos parecen cundir efecto. Ante cada caso suelen aparecer explicaciones. Ninguna válida. Ninguna justifica nada. Es evidente que hay mujeres que, por las razones que sean, soportan estoicamente todo tipo de agravios en el propio hogar y no se deciden a denunciarlos. Puede resultar tristemente comprensible, aunque nunca recomendable. De un cafre siempre conviene apartarse. Y las medidas de protección existen, aunque son insuficientes o se aplican con escasa eficacia. Vivimos un drama real en sesión continua que atormenta nuestra sensibilidad. Y se impone seguir esforzándonos por ponerle fin. Es una tarea de todos, de educadores, de fuerzas de seguridad, de jueces, de mujeres y, sobre todo, de hombres porque es sobre el colectivo masculino sobre el que pesa esta afrenta. Nadie, y menos ningún hombre, es ajeno ni debe sentir que como él no maltrata, está libre de responsabilidad.

 

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