Contra la distopía, libros

Alfredo Taján
ALFREDO TAJÁN

Distopía es lo contrario a utopía, es decir, es una sociedad indeseable, bajo una tiranía global o un férreo control individual. Aunque las sociedades distópicas son fabuladas a través de los libros, estos últimos son sus principales enemigos. Hay un eco sórdido en una de las principales novelas distópicas del siglo pasado: 'Fahrenheit 451', de Ray Bradbury, publicada en 1953, y con una brillante versión cinematográfica dirigida por François Truffaut en el 66. Al leer la novela sentí un malestar profundo, aunque necesario como advertencia; sentí lo contrario a cuando caí atrapado por 'Noticias de ninguna parte', novela donde el fabiano William Morris preconizaba una sociedad igualitaria, elegante, paradisíaca y culta. Fahrenheit 451 es la temperatura en la que arde el papel. Bradbury utilizó este título para narrar las peripecias de un bombero, Guy Montag, que quema bibliotecas en vez de apagar el fuego que deja reducido a pavesas el saber de la humanidad. Recuerdo aquella frase de Borges «los libros son la prolongación de nuestra memoria», y llego a la conclusión de que cuando se quema una biblioteca, ya sea pública o privada, desaparece nuestro pasado, el masa de nuestros conocimientos, y sobreviene una amnesia cruel, maléfica, una diátesis tumoral. Ahora que paso los días junto a Cleopatra VII, cada vez que leo el episodio del incendio de la Biblioteca de Alejandría, cuna del saber compilado de la antigüedad, que se perdió estúpidamente, pienso en que el hombre es la alimaña más peligrosa de toda la galaxia. Aquellos regímenes socio-políticos que quemaron libros, persiguieron y asesinaron escritores y censuraron el pensamiento no merecen una página en la Historia del mundo, por vergüenza propia y por vergüenza ajena. Menos mal que nos queda no sólo Portugal sino también la celebración de La Noche de los Libros, en su quinta edición, a la que me he sumado con gran entusiasmo, que es el mismo que manejan sus organizadores, que han sabido aglutinar el deseo con la realidad. Uno de los argumentos que mejor esgrime Txema Martín, su coordinador, es que la palabra ocupa un espacio transitable por donde circulan todas las expresiones artísticas: música, poesía o arte plástico. La verdad es que su especulación es digna de encomio. La Noche de los Libros suma a su concepción teórica la imprescindible participación de librerías, editores y gestores que vehiculan, a través de la creación literaria, un versátil diagrama signado arquitectónicamente por áreas liberadas y exentas, que han transformado la periferia en centro, y viceversa.

Es justo afirmar que La Noche de los Libros, y La Térmica con su plato estrella, ha recogido el guante de una tradición contemporánea, valga el oxímoron, de una ciudad que empezó a cambiar culturalmente, a principios de los años noventa del pasado siglo, y que se ha consolidado en los últimos veinte años. Ese viaje no lo hemos hecho en soledad porque son muchos los que nos han acompañado en formatos disímiles. No en vano esta edición trae invitados tan suculentos como Brett Anderson, Javier Reverte, Trapiello, Bonilla, Villena, entre otros, bajo la gracia del viajero fantástico por antonomasia: Julio Verne.