Luz de diciembre

Antonio Ortín
ANTONIO ORTÍNMálaga

Málaga inauguró el viernes la Navidad. La catedral de luz en la que se convierte la calle Larios es el pórtico a través del que la ciudad entra con pocos complejos estéticos en esta liturgia entre lo familiar, lo tradicional y lo comercial. Lo cierto es que a mí no me deslumbra este espectáculo ideado por Tere Porras y los suyos. En realidad, son pocas ya las cosas de estas fechas que me impresionan. Quizá porque me falta demasiada gente con la que en otro tiempo compartí estos días; quizá porque sé de algún amigo que no está para villancicos, que sólo piensa en curarse. O quizá, quién sabe, porque el paso de los años vence a la inocencia y terminas de entender que cada día es, en verdad, una despedida irreversible, un paso hacia adelante y sin retorno.

Si no fuera por los hijos, uno tendería un puente hacia la Conchinchina y se perdería hasta la vuelta de las vacaciones en alguna frontera donde fuese imposible escuchar ni el eco remoto del «fun, fun, fun». Pero están ellos, los niños, que sí tienen el derecho a vivir, aunque sea sólo un par de semanas, en un tiempo más feliz, lejano a la furia del mundo que les rodea, al menos mientras permanezca la ilusión de un seis de enero o los abuelos aún se sienten a la mesa en Nochebuena.

Ese es quizá el secreto. Saber que es su Navidad, y no la tuya, la que toca celebrar.

Por eso, lo más sensato será tragarse la saliva que derrama esta melancolía de diciembre por la garganta y entregarles tu corazón de padre con una sonrisa como abrigo. Y aplazar esta nostalgia a otro momento, lejos incluso de las luces de Larios, donde algún recodo menos estridente te deje viajar, aunque sea un instante, por la memoria de la que fue tu Navidad: el olor a ajonjolí de los mantecados de Antequera; el Concierto de Navidad en el antiguo 'picú' que cada mañana del día 24 mi padre ponía de sintonía-despertador: la genuina señalización de flechas que los Reyes Magos dejaban en dirección a los regalos. Y las misas de gallo con mi tía Juana en el barrio murciano de La Seda, los juegos en torno a la vieja rueda de La Ñora, el aguinaldo del tío Luis, las tardes eternas ante el piano de mamá, la hora de la merienda, la bufanda, la pandereta.

Y puede entonces que al regresar de esa escapada interior, de ese paseo por el tiempo vivido, resulte más fácil digerir esta nostalgia irremediable de diciembre. Y puede, quién dice que no, que resulte hasta reconfortante perderse en el bullicio de la calle Larios, comprar alguna fruslería en los puestecitos del Parque a cambio de ver reír a Gonzalo, Cayetano y Nicolás, sabiéndolos aún a leguas de la tristeza.