«Dicen que soy aburrido»

Alfredo Taján
ALFREDO TAJÁN

El pasado martes 9 de julio saltó a los tabloides que el ex presidente argentino Fernando de la Rúa (diciembre 1999-diciembre 2001) había fallecido en Loma Verde, residencia fantasmal al norte de Buenos Aires, donde se encuentra la antigua Ciudad Cerutti, un antro distópico, a lo 'Solyent Green', encargado por el dictador Onganía y que contenía todos los lujos de la época (fines de los sesenta y principios de los setenta) que una vez regresó Perón fue entregado, con la astucia maniobrera que le caracterizaba, a los ferroviarios de la CGT, que a su vez hizo una de las suyas, y lo enajenó a unos inversores multimillonarios taiwaneses. Quién iba a decir que De la Rúa iba a morir en ese sitio, una especie de infierno congelado, tras haber sido uno de los artífices de la crisis más grave de la historia reciente argentina, esto es, para que recuerden: el 'corralito', la inflación, la estafa generalizada, el patinazo inversor franco-español, la caída en picado, el desplome, el gran kilombo.

Precisamente me encontraba en Buenos Aires aquel caluroso diciembre de 2001, preparando para Pedro Pizarro la exposición de Emilio Pettorutti, el gran creador vanguardista -junto a Xul Solar- de la República opulenta de Marcelo T. Alvear, nos referimos a otro país que creía en su futuro y en sus reservas en los años de los grupos artísticos de Boedo y Florida. Hoy por hoy, todo se presenta borroso en mi memoria, pero sí recuerdo momentos de aquella debacle. Residía en el Hotel Presidente, sobre la enorme Avenida 9 de julio, al lado del Teatro Colón, al lado del Obelisco, y desde el atardecer del día anterior, el 20 de diciembre, el clima en la city se fue enrareciendo. La gente se agolpaba en la puerta de los bancos desde que el dueto económico Cavalho-López Murphy, ministros de De la Rúa, decretaron el llamado 'corralito', una pésima metáfora del corredor de la muerte. 'Corralito' se llama en Argentina al pasillo del matadero por donde se conduce a las reses vacunas hasta que se las abre de dos en dos y se las desangra y descuartiza. En realidad, la clase media argentina se sintió en la piel de una vaca beresford en el momento en que se anunció que se restringía la libre disposición de dinero (de cash) a los impositores, es decir, se inmovilizaban los depósitos de los particulares para «evitar» la fuga de capitales, algo, en realidad, falso, porque los allegados al Gobierno, y la gente informada, esto es, los de siempre, habían evadido días antes, a la uruguaya Punta del Este, todo lo que tenían, hasta las muelas del juicio. Pandilla de sinvergüenzas, haciendo cambalache, otra vez, con la sangre de la clase media. De la Rúa se vio obligado a renunciar por la tarde del día siguiente, testigo impotente de cómo Buenos Aires ardía -plaza Lavalle, Palacio de Congreso, Obelisco, Roque Sáenz Peña, plaza San Martín- y huyó en helicóptero, escoltado por sus edecanes, a la Quinta de los Olivos. De la Rúa hundió al radicalismo, y estuvo a punto de hundir a la Argentina, que ahora pasa por otro episodio a la baja. «Dicen que soy aburrido...» fue el lema de su campaña del 99, menos mal que no se animó, después de todo. En realidad este personaje llevaba muerto hacía casi veinte años.