Despedida

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Ayer apareció en estas páginas un artículo de Mariano Rajoy alabando la figura política y humana de Alfredo Pérez Rubalcaba. Era un artículo hondo y con completa apariencia de sincero. Las palabras que un actor puede dirigirle a un compañero -palabra empleada por Rajoy en el artículo- después de que se apaguen los focos y se hayan quitado el maquillaje que los tenía enfrentados en la película que están rodando. Ayer hubo mucho de eso. El caso de Rajoy quizás haya sido de los más nobles. Ha habido muchos otros que en la película, en esa representación que tantos políticos llevan a cabo diariamente, fueron mucho más duros y descarnados con Rubalcaba vivo, y hoy lo elogian. Fueron tan duros que uno no sabe si la representación era la de entonces o la de ahora.

Quizás están algo equivocados los políticos con tanta sobreactuación. Reconocer la virtud de un rival sin esperar a que esté muerto no debilita a quien reconoce la virtud. Lo engrandece. Y además hace más verosímil la crítica. El teatrillo deja de ser teatrillo. El Ateneo de Málaga convocó en cierta ocasión a Pedro Aparicio y Francisco de la Torre. Lejos de la consabida y manoseada trifulca, el público asistió emocionado al juicio positivo que Aparicio hizo de la gestión de De la Torre y a los elogios serenos y razonados que De la Torre hizo del trabajo de Aparicio en la Alcaldía. El público tuvo conciencia de estar ante un hecho extraordinario. Ninguna zafiedad, ningún recurso previsible. Reconocimiento del rival y el lógico intento de dar lo mejor de sí mismos -tal como reconocía Rajoy- ante la altura de quien se tiene enfrente. Jugar a superarse o a rebajarse.

Pero no. Eso queda en el terreno de lo extraordinario. O para cuando aparece la muerte. Esto lo bordamos. Rubalcaba ya advirtió: «España entierra muy bien». Lo estamos viendo. Rubalcaba dio innumerables muestras de inteligencia, aunque esto último no es más que una constatación evidente de esa naturaleza, de esa cicatería política que consiste en menoscabar al que se tiene al lado y que, como se vio en la pasada campaña y empezamos a ver en esta, alcanza cotas preocupantes. No había que ser un lumbreras para saber que eso es así y que él, Rubalcaba, era uno de los mejores políticos que ha dado la democracia española. Cuando, después de asumir todos los descalabros del PSOE, se despidió de la política activa, en 2014, tuve a bien escribir en esta misma página que con su despedida perdía «el socialismo, pierde la política y pierde la sociedad. Pocos centímetros de su cuero quedan sin costuras ni estocadas, poco más se le podía pedir. Su actitud será reconocida cuando la página de este capítulo esté pasada. Es algo corriente en el gremio. Entonces, los que pidieron su ahorcamiento llevarán a un museo la cuerda con la que se ahorcó y sobre la sangre del harakiri pondrán flores de plástico. El florentino sonreirá por dentro, naturalmente». No hacía falta tener una bola de cristal para saber cómo serían las cosas.