El dependiente

Estábamos convencidos de que Vox era una cosa de cuatro frikis

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

Ayer fui a comprar tabaco a un estanco incrustado en un centro comercial y el dependiente que me atendió llevaba en su muñeca una pulsera de Vox. De primeras, el horror: bastante tiene uno que aguantar con las siniestras imágenes que ilustran la cajetilla de tabaco como para encima tener que lidiar con la inclusión de propaganda xenófoba en el acto. Lo primero que pensé es en cuándo dejaré de fumar. También debo reconocer que aquel impacto de lo nuevo impulsó en mí la tentación de hacerle un comentario al respecto, no sé si en tono amistoso, quizás aludiendo al eslogan de que el cliente siempre tiene la razón. Lo mismo llegar a casa mosqueado y comunicar a la empresa la sugerencia de que sus empleados se reserven la propaganda política para sus ratos libres, huyendo de planteamientos morales, pensando en no entrar en el jardín que supondría valorar las creencias más o menos tolerables que el mensaje representa para mostrar la idéntica extrañeza si la pulserita hubiese sido de Podemos.

Pero el caso es que el dependiente llevaba la pulsera de Vox, y se la veía nueva: en solo un fin de semana, gracias a una sobredosis de la tremenda puesta en escena de todo lo que circula por él, hemos pasado del convencimiento de que este partido era una cosa de cuatro frikis hasta abrir el debate sobre la llegada de la ultraderecha, que es un fenómeno que nos iguala a tantos países de la actualidad. Los medios de comunicación y los que escribimos en ellos terminamos siendo cómplices de esta expansión, pero tampoco sería justo para el lector silenciar este fenómeno por más que pueda suponer un peligro para la democracia y un ataque descarado a los valores constitucionales.

Estos días, además de atender a la palpitante selección musical de su encuentro, hemos escuchado a gente que está como alucinada de que hayan reunido a 10.000 personas en un acto pero en realidad en España la ultraderecha siempre ha estado ahí, sirviéndonos las copas, concediéndonos un crédito, vendiéndonos tabaco. Incluso pidiendo el voto. El PP aglutinaba a este sector ideológico y pretende seguir haciéndolo porque hasta ahora han convivido sin demasiadas fricciones con conservadores, democristianos y liberales. Eso era así con Aznar, un señor muy de derechas dirigiendo un partido no sé si de centro, pero desde luego más moderado que él. Ahora lo estamos viendo, también es verdad que con los años las personas se van volviendo más conservadoras, como si la vejez incluyera el formol como efecto secundario. El dependiente de Vox no era ningún jovencito; apostaría que ha sido votante del PP, quizás se sintió atraído por Ciudadanos. La verdadera extrañeza es ver a gente joven defendiendo unos planteamientos tan retrógrados, en cualquier caso mayor que la que produce ver al estanquero con aquella pulsera tan visible que todavía se me atraganta y que me incita a dejar de fumar.

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