En defensa de la política: volver a creer desde lo cercano
Manuel López Mestanza
Diputado Provincial de Cultura y concejal del Ayuntamiento de Alhaurín de la Torre
Sábado, 8 de noviembre 2025, 01:00
No recuerdo quién dijo que no hay profesión más difícil que la política, porque el escrutinio público es implacable. Los últimos acontecimientos que abren informativos ... y titulares periodísticos no ayudan a creer en ella ni en los políticos; todo lo contrario. En un tiempo marcado por el desencanto y la desafección, donde las redes sociales amplifican el ruido y la crispación se ha instalado en el debate público, resulta más urgente que nunca recuperar una visión serena y digna de la política. No como artificio ni como propaganda, sino como lo que es en esencia: una herramienta de transformación al servicio de la comunidad.
Es innegable que atravesamos una crisis de confianza. Según los últimos datos demoscópicos, la mayoría de los ciudadanos españoles -como ocurre en gran parte del mundo- perciben la política con recelo. Muchos la consideran distante, ineficaz o incluso corrupta, y una gran mayoría señala a los políticos como la principal fuente de desinformación. Esta visión generalizada ha derivado en un fenómeno preocupante: la creciente desafección democrática, ese sentimiento de que 'la política no sirve para nada' o 'todos los políticos son iguales'.
Hoy más que nunca es necesario reivindicar una política no gritona, una política que edifica comunidad; que no busca el rédito inmediato, sino el bienestar a largo plazo. Necesitamos reivindicar la vocación de servicio que late -aunque no siempre se vea- en tantos hombres y mujeres que, cada día, desde lo público, intentan mejorar la vida de sus vecinos. Porque sí: hay una política que escucha, que acompaña, que soluciona, que une. Y esa política es, casi siempre, la que se hace desde lo local. Mientras las grandes instituciones estatales y europeas sufren un creciente desapego ciudadano, los municipios siguen siendo, paradójicamente, el espacio de mayor confianza institucional. En nuestro país, los ayuntamientos son valorados más positivamente que el Gobierno de España, el Congreso de los Diputados, los partidos políticos u otras instituciones. ¿Por qué?
Porque la política local no es abstracta. Tiene rostro, tiene nombre y apellidos. Es en el ámbito municipal donde los ciudadanos perciben con mayor claridad el impacto de las decisiones políticas: una farola que se enciende, una acera que se arregla, un préstamo de libros en biblioteca, una actividad cultural que revitaliza un barrio, un plan para jóvenes o mayores que da sentido al presupuesto público. Eso es política con mayúsculas. Y no es casual: son los concejales, alcaldes, técnicos y empleados públicos del ámbito local quienes atienden a pie de calle, quienes reciben en los despachos sin cita previa, quienes conocen el nombre de las personas que los paran por la calle para pedir, proponer o simplemente compartir una inquietud. Aquí no hay distancia entre el cargo y la persona, ni tiempo para el artificio: hay urgencia por resolver, cercanía y mucha escucha activa. Solo hay que visitar los pueblos de la provincia para dar buena cuenta de lo que digo. Porque la política local es, en realidad, el primer eslabón de la democracia y el punto desde el cual se pueden generar grandes cambios para las personas.
Es manifiesto que el desprestigio de la política no solo erosiona la confianza ciudadana. También abre la puerta a los discursos simplistas, al populismo que divide y promete lo imposible, a la antipolítica que reniega de las instituciones pero aspira a controlarlas. Y lo más grave: amenaza la propia democracia.
Cuando se denigra sistemáticamente a quienes ejercen la política, cuando se normaliza la sospecha permanente y se equipara el error con la maldad, se desincentiva el compromiso de las personas honestas y preparadas. ¿Qué joven con vocación pública va a querer entrar en política si lo que le espera es la sospecha, el insulto y la desconfianza? ¿Qué profesional va a querer aportar su experiencia al ámbito público si todo el sistema está estigmatizado? Por eso resulta imprescindible defender con firmeza el valor de lo público y la legitimidad de quienes trabajan con honestidad en la vida política. No para ocultar los errores, que los hay, y deben corregirse, sino para recordar que hay otra política posible, real y necesaria, en la que los sinvergüenzas y las malas personas no tienen cabida. Porque la política no es cosa solo de políticos. No lo ha sido nunca. Pero tampoco es justo que se mire con recelo, sin filtro, a quienes dedican su tiempo, sus esfuerzos y, muchas veces, su tranquilidad personal a intentar mejorar su comunidad de forma honesta y honrada. Ahí está el ejemplo de los alcaldes, alcaldesas, concejales y concejalas de los ayuntamientos de la provincia, que se desviven por sus vecinos y que siempre están disponibles para atenderlos.
Desde lo local, desde lo concreto, desde lo cotidiano, la política puede -y debe- reivindicar su dignidad. No como privilegio, sino como vocación; no como espectáculo, sino como responsabilidad. Y en esa reivindicación, los pueblos y ciudades tienen mucho que enseñar.
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