DECRETAR LA EUTANASIA A UN ÁRBOL ENFERMO

CATALINA URBANEJA ORTIZ

CUMPLO lo prometido el pasado octubre en que dejé para otra ocasión el análisis de la problemática actual del Castaño Santo de Istán y los factores que la alimentan. Y vuelvo a abordar el asunto lamentando la pasiva actitud de la Junta de Andalucía, encargada de salvaguardar nuestro patrimonio, histórico o medioambiental, que da lo mismo.

La Real Academia define eutanasia como la «intervención deliberada para poner fin a la vida de un paciente sin perspectiva de cura», lo que me hace emplear esa acepción en un contexto diferente, porque entiendo que la decisión de acabar con la vida de un árbol centenario es una eutanasia encubierta.

En enero, el ayuntamiento de Istán pidió ayuda a las autoridades autonómicas para que sus expertos salvaran el castaño y, con la urgencia que era de esperar, atendieron a su llamada en primavera, cuando un grupo de personas capacitadas para emitir un diagnóstico se desplazó hasta el Hoyo del Bote, paraje en donde crece nuestro enfermo, con el objetivo de proponer soluciones eficaces que acabaran con la plaga que lo está devorando.

Si en mi artículo anterior hablé de la nula sensibilidad de las instituciones hacia su decrépito estado, hoy lo afirmo con contundencia porque en esa visita se hizo más que evidente la indiferencia mostrada por aquellos en cuyas propuestas estaba depositada la esperanza de mantener con vida al abuelo de nuestras montañas. Una confianza que cayó por los suelos al escuchar el fatal diagnóstico: el castaño era muy viejo, estaba lleno de avispillas y lo mejor era dejarlo morir. Por muy sorprendente que esto pueda resultar, así ocurrió y así lo cuento. Sospecho que, ante la estupefacción que estas palabras generaron entre los lugareños, el gabinete de expertos ofreció una alternativa: enviar en unas semanas a una empresa para que lo limpiara y retirara las ramas desprendidas, actuación que aún no se ha llevado a cabo pese a las muchas semanas transcurridas y tratarse de una intervención de urgencia.

Ante este fatal diagnóstico, he recabado información de expertos que jamás han pisado un aula y cuya ciencia se basa exclusivamente en el trabajo realizado durante toda su vida, es decir, en la sabiduría popular que poco o nada tiene que ver con la académica pero que siempre obtuvo excelentes resultados. Según ellos, la enfermedad tiene un origen muy simple: hasta hace una treintena de años, aquella zona era muy frecuentada por piaras de cabras que se cobijaban bajo las ramas del castaño y abonaban sus raíces de forma natural removiendo la tierra con sus pezuñas y estercolándola con sus excrementos. También contribuían los cuidadores de la finca, que periódicamente lo podaban y limpiaban, actuaciones que no realizan hace mucho tiempo, por lo que el castaño se ha ido debilitando y mostrándose más vulnerable a las agresiones externas, a las que no es ajeno el visitante cuando se sube a su tronco para fotografiarse e inmortalizar su presencia junto al venerable anciano.

He preguntado a quienes conocen el oficio cómo actuarían ante semejante circunstancia y la respuesta me ha parecido tan simple que merece la pena exponerla literalmente: «Lo primero que yo haría sería limpiarlo y talarlo bien. De hecho, se ha caído una rama porque ya tiene mucho peso, de viejo. Lo que habría que hacer sería talarlo en condiciones, a unas malas ponerle unos arillos de hierro en el centro... porque de lo contrario, este invierno, el castaño terminará por abrirse y partirse en dos. Y sería bueno hacerlo ahora, cuando tiene fruto, porque así se ve con más claridad cuáles son las ramas afectadas, mientras que, si esperas a que pierda la hoja, puedes dañar las partes sanas». Y en mi ignorancia, intento encontrar las razones que impiden aplicar una solución tan básica, barata y tan al alcance de todos. ¿Acaso el interés por beneficiar a los amigotes con nuevas y costosas adjudicaciones? De ser así, deberemos lamentar que, una vez más, los intereses partidistas y políticos primen sobre los generales y públicos ya que, al menos esa es mi opinión, hay parcelas como el ecologismo, el patrimonio o la cultura, que ni venden votos ni ofrecen la misma proyección que las cuestiones urbanísticas, los ERES o los cursos de empleo. A fin de cuentas, son demandas de un minúsculo sector del electorado, que ni quita ni pone rey, sobre el que se está generando una impotencia contra la que hay que luchar para exigir que sean atendidas como hacen con las de los colectivos más afines.

Ahora, próximas las elecciones autonómicas, sería un buen momento para reclamar que se ejecute el tratamiento de urgencia planteado hace seis meses y que han ido posponiendo, quizá por la premura de otros negocios más populistas de cara a la nueva legislatura.

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