UNA DECEPCION

NIELSON SÁNCHEZ-STEWART

Hace unos días aparecieron en la prensa dos estudios, uno firmado por unas siglas, para mí misteriosas -seguro que todo el mundo las identifica- y otro sin padre conocido. En el primero, se daban datos sobre la renta media de los habitantes de una serie de municipios incidiéndose en las comparaciones, siempre odiosas. La verdad es que no entiendo cómo el organismo estudioso tiene acceso a esos datos porque pensaba que para calcular la renta media era necesario conocer lo que declaraba cada honrado ciudadano vecino de esos pagos. Me imagino que la Agencia Tributaria habrá suministrado esa información porque no creo que sea producto de una encuesta y se haya ido preguntando casa por casa cuánto gana el jefe de familia y cuánto declara, porque no es lo mismo, aunque debiera serlo. Mientras por aquí, en Madrid, se encontraba uno con lugares donde parece que a los perros se les ata con longaniza, por allá, en la comunidad autónoma que lleva el sacrificio en su nombre propio, los ingresos son menguados y bien menguados. Poco han variado las cosas en esa, para mí, queridísima región desde Hernán Cortés. La diferencia entre el más rico y el más pobre es inmensa: seis veces. Imaginémonos que esa proporción fuera aplicable a otros factores como la esperanza de vida o la estatura media. Los más desfavorecidos, para guardarla, tendrían que fallecer todos ellos en la infancia o serían despreciados, por bajitos, hasta por los pigmeos. La verdad es que las desigualdades me descorazonan. Es evidente que siempre las habrá pero es una pena que con el tiempo no vayan disminuyendo sino todo lo contrario. Estoy seguro que la diferencia de ingresos del señor feudal y del más humilde de sus vasallos era muy inferior que la que existe entre uno de los empresarios del Ibex 35 y el perceptor del salario mínimo. Por mucho que se empeñe el presidente y su entorno en subirlo inopinadamente. Alguien hizo una estadística, nunca falta alguien así, sobre los sueltos más altos y más bajos de una empresa. Mientras en países del norte la proporción era discreta, en España distaba mucho de serlo.

El segundo estudio era más alarmante todavía, si cabe. Se concluía que una cuarta parte de la población estaba bajo el umbral de la pobreza, una expresión edulcorada para no utilizar la de siempre: pobre de solemnidad. Esta terminología se ha vulgarizado pero tenía un significado equivalente al de oficialmente pobre, con pobreza acreditada y, por ello, susceptible de obtener beneficios, no siendo de los menos importantes el derecho a la justicia gratuita y a ser defendido por Abogado del Turno de Oficio sin desembolsar nada. Uno de cuatro habitantes en nuestro país pasa hambre porque no tiene lo suficiente para adquirir alimentos y frío, porque no puede pagar la necesaria energía para alumbrarse y calentarse. La situación es aún peor si nos asomamos a la infancia, a la pobreza infantil que alcanza el 30% lo que significa que tres cada diez niños está desamparado. Una vergüenza.

Se incidía en que la titulación universitaria no eximía del riesgo de no tener lo suficiente para vivir mínimamente bien. Los títulos universitarios, Masters e incluso doctorados están algo cuestionados en los últimos tiempos. Fuera del país nos miran con suspicacia y algún malvado se atreve a inquirir cuánto dinero te ha costado la categoría académica de la que te sientes tan ufano. Al compartir, aunque parcialmente, apellido con uno de los personajes a los que se le está midiendo el largo de unas citas que, quizá por respeto a la protección de datos, no consignó como mandan los cánones que en esto son muy precisos y exigentes, me conmuevo cada vez que algún periodista o político del bando contrario le antepone con sorna el tratamiento al que yo tengo derecho mientras no se demuestre lo contrario. Suena fatal. Pero no va por ahí la situación de los universitarios. Antes, el terminar una carrera era garantía de supervivencia. Cierto es que los que lo conseguían eran bien pocos. No existían las instituciones privadas donde los requisitos de ingreso se atenúan. Hace años, se contaban con los dedos de la mano las facultades de derecho, por ejemplo. Hoy, hasta en ciudades pequeñas te encuentras una. Y claro, hay Abogados para empedrar calles, como decía mi madre.

Pero mi decepción radica en la modesta posición de Marbella en el ranking. Pasada la primera impresión, me alivia.

Menos envidia.

 

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