La debilidad de los partidos ciega el consenso parlamentario

La crisis de gobernación ha sido provocada por decisiones temporales y no por un mal endémico

I. GURRUCHAGA LONDRES.

El nacionalismo inglés se fundamenta, según diversos autores, en el orgullo sobre la gobernación. La continuidad de la libertad política, del Parlamento soberano, de la monarquía o de la independencia de los tribunales son sentidas como el cimiento en el que creció el ingenio industrial que definió el mundo contemporáneo. La hegemonía de su lengua como idioma universal es otro motivo de orgullo.

El final de la Segunda Guerra Mundial, que es la experiencia también orgullosa que une a las generaciones de la posguerra, dio paso a la idea de decadencia. Un Reino Unido fracturado en Irlanda en el principio del siglo XX y que perdió sus colonias en la segunda mitad, se resignaba a la 'gestión del declive'. Esa idea está vinculada a su ingreso en la Comunidad Económica Europea en 1973.

La recreación de una 'Britannia global' que anima el 'Brexit' promovido por políticos tiene quizás una deuda con Margaret Thatcher, como figura con influencia notable en las ideas que movían el mundo y en la alianza firme con Estados Unidos en el final de la Guerra Fría. Pero ha sido el 'Brexit' el que ha puesto en duda la buena gobernación del país.

El fraccionamiento del Parlamento en torno al camino a seguir tiene su origen en la alteración del principio constitucional de la soberanía del Parlamento por la convocatoria de un referéndum que la transfiere a la voluntad popular. Lo que está ocurriendo puede interpretarse como un fenómeno temporal, fruto de decisiones políticas que pudieron evitarse.

El referéndum llegó por el temor del Partido Conservador ante el ascenso del Partido por la Independencia de Reino Unido (UKIP), que le quitaba votos en sus circunscripciones, aunque una sola vez logró un diputado, Douglas Carswell. Dimitió en 2014 y fue reelegido como candidato en Clackton, con demografía de tercera edad y economía de villa turística arruinada por los vuelos de bajo coste.

Tras el voto en favor del 'Brexit', en junio de 2016, Theresa May quedó al frente de un Gobierno débil por su exigua mayoría en los Comunes, 17 escaños. Convocó elecciones en 2017 para tener holgura en la negociación con la UE, pero perdió 13 diputados y quedó atrapada por los 'brexiters' de su partido y por los unionistas norirlandeses del DUP. En la oposición un cambio en el procedimiento de elección de líder, que dio más poder a los miembros del Partido Laborista, tuvo efectos imprevistos. Un diputado radical y euroescéptico, Jeremy Corbyn, que se presentó por la caridad de diputados que no compartían sus ideas pero quisieron dar pluralidad, fue catapultado a la cumbre por nuevos militantes.

Divisiones agudas

El resultado es un Parlamento muy difícil, con divisiones agudas en los dos principales partidos. Kenneth Clarke, exministro de Thatcher y de John Major, conservador y europeísta convencido, es el 'Padre de la Cámara', el diputado más veterano y ha ofrecido una panorámica sobre la situación en la que se encuentra la Cámara de los Comunes tras derrotar el Acuerdo de Salida con la Unión Europea.

Según su observación de los debates de los últimos días, hay mayoría en el Parlamento en torno a tres ideas: la detención del proceso de negociación para tener sosiego en la búsqueda de un consenso amplio, el rechazo a una salida de la UE sin acuerdo y la mejora del acuerdo rechazado mediante el establecimiento de una unión aduanera con la UE que incluya el alineamiento de regulaciones.