Debatiendo

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Ya pasó la resaca de los debates, ese doble asalto al que dio origen el barullo de Sánchez y que en una primera vuelta dejó a Rivera victorioso y en la segunda atragantado, a Casado primero desaparecido en combate y luego combatiendo, a Sánchez presidencial en el primero e insidioso y con tics de mal actor en el segundo y a Iglesias doctoral y zen en ambos. El chico sensato que reprendía a los papás encorbatados y subidos de tono, ebrios de sí mismos en esa larga nochevieja que es la campaña electoral.

Si en base a lo que allí se dilucidara tenía que salir la elección de esa legión de indecisos que hay, según dicen los sabios de las encuestas, puede que muchos de estos acaben decidiendo el voto a los dados. Sin la presencia del rey Salomón y sin tener a mano los datos macro económicos y el BOE de los últimos veinte años es muy dificíl decidir quién mintió, disimuló o sorteó la verdad más veces. De modo que los votantes se quedan con la intuición, con la gestualidad, las muecas, los detalles o esas palabras que bajan el tono. Trilero, mentiroso, manos manchadas de sangre o no manchadas, fotos con marquitos, folletos, libros, souvenirs. Y tú más. O tú menos. Vuelo rasante. Abono para los decididos y material de propaganda para los hooligans. Carnaza para los ausentes. Esquerra, Bildu, pero también para Guerra, para Ibarra, Felipe, Rajoy y Zapatero. Y, claro, también para Vox. Sánchez recordándolos, la cuña que fragmenta el voto, el ingrediente que falta para el aquelarre de la derecha, pero que finalmente vino a truncar las cuentas de la lechera de Susana Díaz a fuerza de citarlos y volverlos a citar. Cuatro hombres sin piedad. Cuatro hombres que a tramos más se parecían a los Beatles de Cádiz que al cuarteto de Liverpool, más a una representación de lo que debe ser un político que aspira a gobernar un país, un estadista, que a un político de verdad.

Hablar y hablar para que se haga la luz. Y aquí, justamente a años luz de todo lo que se desarrollaba en platós televisivos, también los abogados del dueño de la finca donde murió Julen piden un careo. Un debate más doloroso que los dos que hemos visto esta semana. Menos floritura, ninguna, y más drama. Menos esgrima pero igual necesidad de que la verdad se abra paso. Un careo entre el dueño de la finca y el padre de Julen, ya que los recuerdos, o al menos las declaraciones, de ambos son tan diferentes y apenas concuerdan. Otro careo entre el dueño del terreno y el pocero. Y un tercer careo entre el pocero y su ayudante. La oratoria de la desgracia. Lo inevitable ahora en busca de su responsable. Justo lo contrario que los debates políticos, donde se juzga el porvenir y no el pasado, donde quienes deciden no son los expertos en leyes sino ese neófito que siempre es el ciudadano frente a la urna, una bruja tuerta ante la bola de cristal.