Dani García y las estrellas del placer

En un gazpachuelo y en un oporto está Occidente, que fuera de la mesa aguardan los bárbaros

JESÚS NIETO JURADO

No sé si han llegado a conocerse, pero me ofrecería de mil amores a organizar una sobremesa largamente conversada. No sé si Dani García e Ignacio Peyró se conocen más allá de las nociones por terceros y los titulares, pero ambos ejemplifican que sólo la gastronomía nos salva. La gastronomía nos salva de nosotros mismos, nos educa sin saber que nos educa. Nos enternece sin que tengamos conciencia de que nos enternece.

Porque la gastronomía es el hombre refinando sus pulsiones, cabalgando al tigre del estómago. Bien comer es Roma y es el Renacimiento, es Apicio y es la bata de una abuela con sus avíos. Ambos, Dani García e Ignacio Peyró, son amigos míos -cada cual según sus disponibilidades- y depositarios del Arte completo que es aquí la disciplina total de los sabores. Porque ocurre que, como cuenta Peyró en 'Comimos y bebimos', «la inventiva de la cocina es una alegría capaz de reprimir toda nostalgia». Acaso porque la música hoy es infame y ahora mismo se nos pervierte descaradamente el flamenco y el fado. O porque la literatura se basa en una moralidad de reivindicaciones sonrojantes y desde Homero ya todo está inventado en esto de gastar páginas. Y en la pintura nada emociona después de una mañana de niebla despejada de Friedrich.

Por eso, la tercera estrella Michelin de Dani García y la hagiografía del placer en buena prosa de Peyró me reconcilian con el omnívoro refinado que somos aquí todos. Si Peyró va y viene de Londres a la Costa del Sol en busca de atardeceres digestivos y líricos, Dani García es el triunfo de la voluntad. Ambos son jóvenes y cosmopolitas, sin aspavientos. Saben que en un gazpachuelo y en un oporto está Occidente, que fuera de la mesa aguardan los bárbaros.

Y ya digo que si no fuera por ambos, dejaría de creer en el futuro de España. Todo libro que teoriza sobre la comida, toda creación con estrella de Dani García, es una apoyatura argumental para la demostración del alma, de la vida eterna, de los amenes con eructos de satisfacción y cosas así. Si Peyró lleva a los salones de Londres la alegría de España con su tópico y sus vanguardias, Dani García vuelve a España, a su Costa, a demostrarnos que los paisanos/compatriotas tenemos razón con el chovinismo.

La última vez que abracé a Dani García fue en un sarao en el Hipódromo de La Zarzuela, en los inicios de esa moda hoy muerta que fueron los 'food tracks'. Antes, años antes, lo vi dar un discurso improvisado con el mandil y con el micrófono, y el niño terrible de los fogones marbellíes sabía que suyo era el futuro. Fue detrás de Larios.

Si hoy escribo de gastronomía es porque quiero. Porque me asomo a la ventana y al twitter y parece que los nuevos tiempos quieren castrarnos el ser, el sentir, el sabor. Los escupitajos en el Congreso saben a amargo, a mocarrera y a bilis. Disculpad que hoy quiera cocerme en lo que me gusta. También se aprende a comer.