CURSO A CONTRAPIÉ

JOSÉ MANUEL BERMUDO
JOSÉ MANUEL BERMUDO

Para determinadas cosas parece que el verano termina demasiado bruscamente y nos pilla desprevenidos para iniciar el curso, y no solamente el escolar. Septiembre, que es un mes deseado también por muchos como período de vacaciones, es para casi todos el comienzo de las actividades habituales que han permanecido paralizadas durante la temporada estival. Y tenemos la impresión de que nos han faltado unos días más para que todo estuviera en estado de revista dispuesto para funcionar desde el principio.

Seguro que muchos padres atenderán a pocas razones cuando se hayan encontrado que sus hijos tienen que acudir este año a clase en unas llamadas aulas prefabricadas, o barracones, que han tenido que ser instaladas a toda prisa para que los alumnos tuvieran, al menos, un lugar en el que sentarse y atender a las explicaciones del profesorado. Un mal menor que seguramente podría haberse subsanado si las gestiones de los organismos correspondientes hubiesen sido las adecuadas.

En algunos casos, como el de Marbella este año, puede que sea algo provisional y que, con voluntad política, esperemos, no se repita en el futuro, pero no siempre es así. Por ejemplo, una madre valenciana se lamentaba ante las cámaras de televisión de que su hijo tenía ya catorce años y nunca había conocido un colegio «como Dios manda». Es decir que toda su vida escolar la había pasado en distintas aulas prefabricadas, sin que durante ese tiempo, que es un período demasiado largo, nadie hubiese solucionado el problema, que evidentemente no sólo afectaba a su hijo. Estos casos no son producto de un descuido de verano y de que a los responsables de gestionar la educación de los jóvenes les haya cogido a contrapié el comienzo del curso, cuya fecha, por otra parte, ya se sabe de antemano.

Ante situaciones parecidas es cuando quedan puestas en evidencia determinadas actuaciones políticas que a veces se centran más en corregir en los libros de texto la historia del país, adecuándola a sus propios intereses, que en protagonizar esa historia para el futuro con hechos que beneficien al ciudadano. Pero se mantienen durante años los barracones al lado de grandes infraestructuras megalómanos que halagan la vanidad del promotor de la idea.

Igualmente ha faltado tiempo este año para que nuestros mayores pudieran acceder a los viajes programados por el Imserso, aunque es verdad que todo se ha debido a los recursos y pleitos presentados por las empresas adjudicatarias de dichos viajes. Los jubilados que ahora pueden acceder a unas vacaciones que no pudieron disfrutar en otro tiempo han visto, por tanto, retrasadas las fechas previstas, por unas cuestiones u otras que les son ajenas, pero no son los únicos. Los hoteleros que salvan la temporada baja con los viajeros del Inmerso también se ven afectados por los cambios de planes, porque unas fechas de retraso pueden constituir la diferencia entre mantener abierto un establecimiento o cerrarlo durante unos meses. O, en todo caso, actuar con provisionalidad y sin que se cumplan las espectativas ni para ellos ni para las personas que alojan, que merecen el mismo trato que cualquier otro turista.

Es verdad que los empresarios del sector reclaman una mejora en las condiciones económicas de estos viajes. A veces solamente llegan a cubrir los costes, pero consiguen mantener abiertos sus negocios y los puestos de trabajo que conllevan, lo que en algunos casos no es poco.

Después conviene que cada cual compruebe si ha llegado tarde a su curso particular, que es posible que nadie esté libre de culpa.