Culpables

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

La jueza que instruye el caso del pequeño Julen ha concluido que el dueño de la finca dejó abierto el pozo por el que cayó el niño y que por tanto puede ser responsable de un delito de homicidio por imprudencia grave. El hombre, que incurrió en contradicciones desde sus primeras declaraciones, lógicamente no acepta esa presunta culpabilidad. Desde la muerte de Julen se han descubierto más de doscientos pozos sin sellar en la provincia de Málaga. Algunos más cercanos a las carreteras y de un diámetro bastante superior que el de aquel por el que cayó el niño. Si los propietarios de las fincas donde están esos pozos fueran considerados homicidas potenciales lo considerarían fuera de lo razonable. Pero el destino podría haberlos convertido en culpables de ese delito. Solo habría bastado una actividad banal, un paseo por el campo, una merienda y estarían en el centro de la diana.

El destino se alió contra Julen, contra sus padres, contra el pocero y contra el dueño de ese terreno que ahora se ve acusado. La muerte de ese niño se convirtió en una conmoción social y dio espacio para todo. Despliegue sin precedentes de equipos de rescate, especulación, amarillismo, desorganización, periodismo riguroso y respetuoso, protagonismo político y asunción impecable de responsabilidades políticas, sensacionalismo, heroísmo y discreción, búsqueda de atención y ensañamiento inmoral en la muerte de un niño por parte de un presunto escritor, vigilias nocturnas organizadas por una víctima profesional, rezos y encomiendas a la ciencia. De todo.

Ahora, a partir de la decisión judicial, de nuevo han levantado el vuelo las aves carroñeras y sobrevuelan al olor de la sangre. Interrogan al padre del niño sobre el dolor que siente, quieren que lo deletree, que lo muestre delante de las cámaras y de paso que arremeta contra las declaraciones del dueño de la finca. Meten el dedo en la llaga, quieren ver la pus, el color del veneno, el dolor y la indignación en directo. Echar a pelear a dos hombres heridos. También interrogan al dueño del terreno, y este apela a unos dudosos informes médicos sobre el modo en que el niño murió, contradictorios con la versión oficial, y además recrimina el poco cuidado que los padres de Julen tuvieron con el niño. Quiere hacer un reparto proporcional de la culpa, dividir a escote las responsabilidades y el dolor por más que este último haya recaído de modo aplastante en los padres del niño. No quiere ser visto como un asesino, como, según dice, ya lo llaman en el barrio. No hay asesinos en este caso. Nadie buscó el mal y nadie lo deseó. Solo hubo una y brutal desgracia que puso en evidencia un cúmulo de descuidos ordinarios, habituales y cotidianamente intrascendentes. Pero ahí estaban las nefastas coincidencias. Y ahí están los hechos y la responsabilidades que a la Justicia le toca dirimir. Y también, como casi siempre ocurre, ahí están la discordia y el rencor ante lo irreparable. Esa semilla que la desgracia suele dejar a su paso, y que algunos se empeñan en abonar.