Cuestión de esfuerzo

JUAN GÓMEZ-JURADO

Viernes por la tarde. Salgo del cine en Callao, de ver Vengadores Endgame por segunda vez, y camino en dirección a la Puerta del Sol. Y hago un pequeño desvío para parar en La Gramola. Aunque no debería.

Si vive usted en una gran ciudad habrá observado cómo aquellas tiendas de vinilo de segunda mano, esas que usted se preguntaba qué las mantenía abiertas aguantando la llegada del CD, de las descargas de internet y hasta de Spotify, se volvían, de repente, a llenar de personas en busca del vinilo preciado. Una primera reacción lógica es pensar en una nueva moda más y un montón de borregos siguiéndola: «Ahora vuelve el vinilo, pues compraremos vinilos» y no estoy yo diciendo que no haya una parte de la población que simplemente se ha dejado llevar por el torrente de personas. Pero hay algo en el consumo de cierto tipo de música que sí explica que, en realidad, no es la vuelta del vinilo lo raro, sino el hecho de que lo abandonáramos hace 20 años.

Desde que llegó el CD, los discos se escuchaban de una sola puesta, y aunque aun se harían intentos, dio comienzo a la era del reinado de la canción sobre el volumen completo. Esto sería definitivo cuando aterrizaron las plataformas de consumo de streaming, prácticas como elegir un tema y dejar que el algoritmo decidiera por ti y por los creadores cuál iba a ser la siguiente canción que sonase hizo olvidar casi por completo esa sensación de sumergirse en una obra más compleja que la propia canción en sí.

Y aquí es donde entran esas masas de gente volviendo a comprar vinilos. Cuando tienes música asegurada infinita las 24 horas si la quieres, se echa de menos dedicarse de manera casi ritual a escuchar música. Cuando el acceso a ella está a dos movimientos del dedo en tu móvil, apetece recuperar el proceso de elegir un disco, sacarlo de la funda, ponerlo en el plato y escucharlo pendiente de que pronto te tocará darle la vuelta para escuchar la cara B.

Por supuesto que habrá tontos que se compran vinilos ahora porque se ha puesto de moda, pero mientras escribo esto, suena en mi plato el Exile On Main Street de los Rolling Stones, un disco tan especial, tan diferente incluso del resto de los Rolling, tan pensado como una obra excepcional, que me alegra que no salte el algoritmo de repente y comience a sonar 'Felices los Cuatro' haciéndome perderle el respeto a la música. El resumen -porque esta columna no va de vinilos, al fin y al cabo- es que las cosas que cuestan un esfuerzo mayor suelen ofrecer una recompensa mayor. Cuando estás tan acostumbrado a que todo sea fácil, accesible y perfecto, te vuelves acomodaticio. Comienzas a dar por sentado que todo se te debe de antemano, y por tanto aprecias menos lo que tienes. Vale para la música, para las relaciones de pareja y para la democracia. Sobre todo para la democracia.