Cuestión de fe

FELIPE BENÍTEZ REYES

Uno de los mecanismos más misteriosos de nuestra mente es el que determina que tengamos fe en algo. No sé: tener la convicción de que, tras la muerte, conviviremos con nuestro dios, rodeado de un coro de ángeles o de una corte de huríes, según la doctrina que nos ilumine. Tener la convicción de que los extraterrestres están entre nosotros, disfrazados de terrícolas, para estudiar nuestras costumbres o para lo que quiera que un extraterrestre decida infiltrarse en nuestras respectivas civilizaciones. Tener la convicción de que en la baraja del tarot está escrito nuestro futuro. Tener la convicción de que una plegaria dirigida a un ser sobrenatural hará que sanemos de una enfermedad incurable o que gane nuestro equipo. Etcétera.

Somos seres extraños, divididos entre la racionalidad y la superstición, entre realidades contundentes y fantasmagorías difusas, propensos a mudar nuestro pensamiento al territorio de lo sobrenatural en cuanto lo natural nos sobrepasa o nos resulta insuficiente. Todo eso estaría muy bien -o al menos no demasiado mal- si esas creencias se nos quedasen dentro de la mente como pintoresquismos inevitables de quienes tienen que convivir las 24 horas del día con una actividad cerebral bastante compleja, obligados a formulaciones, a reacciones y a conclusiones arriesgadas: desde dar por buena la teoría de la reencarnación, pongamos por caso, hasta elegir qué modelo de coche te compras, con la peculiaridad de que el ser humano tiende a ser titubeante no sólo ante las grandes cuestiones metafísicas, sino incluso a la hora de elegir una pieza en la panadería, sobre todo si se trata de una de esas panaderías vanguardistas en que los productos están barroquizados con un surtido de simientes que ni siquiera sospechábamos que existían. Pero si una creencia, una fe, decide ser expansiva, el asunto se complica un poco, pues demasiado suele tener una persona con su propio jaleo ideológico y emocional como para adoptar el ajeno, lo que no quita que haya quien se alinee fervorosamente con credos estrafalarios, rendidos ante el carisma de unos líderes que lo mismo montan una secta en un rancho de Texas que un partido político que enaltece la supremacía regional. Qué extrapola cada cual en esas adhesiones me temo que es algo que ni siquiera sabe el interesado. Tener fe en algo está bien, siempre y cuando no tengamos demasiada fe en nosotros mismos: la fe -ya sea en una deidad o en el presidente de una diputación- como paliativo personal ante el vacío o ante lo que sea, pero no como remedio ecuménico. El problema suele ser, en fin, que la fe bien entendida empieza por uno mismo, y en esas andamos desde los tiempos del Génesis, sin escarmiento posible: cada loco con su tema. Cada creyente con su fe. Y mucha gente en la playa.

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