Cuchillería, paracaidismo

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Si fuese mujer dirían que es un poco histérica o que no se ha tomado tal o cual pastilla. Pero no, Pablo Casado, sin llegar a ser un macho alfa como esos que vienen a caballo a la reconquista de España, es varón y además de apostar por la vida apuesta por su gente. Todo a una. Órdago y sin contemplaciones. La vieja guardia de Rajoy está siendo pasada por la piedra electoral cuando no por la trituradora. Celia Villalobos, veterana con decenios de astucia y butacón, lo vio venir y dijo adiós antes de tener que ver afeitar la barba de ningún vecino. Depilación en seco y buenas tardes. Ahora ha sido Fátima Báñez la que ha dicho adiós.

El sorayismo sigue la estela de Soraya, un desfile lento en esa madrugada de cuchillos largos, aunque poco afilados, que está viviendo el PP. A Báñez le han colocado de número uno en Huelva a Juan José Cortés. La ministra que encomendó la mejora del desempleo a la Virgen del Rocío y que finalmente -con ayuda del cielo, de la economía mundial o simplemente de sus horas de trabajo- consiguió rebajar aquellos guarismos de pesadilla se ha visto enfrentada al más puro populismo. El dedo de Casado es tan alargado como la sombra de un ciprés y está sembrando la pre campaña de cadáveres políticos. Parece claro que para este hombre la sensatez no es una de sus herramientas básicas. Prefiere, llevado por esos tics en los que parece que quiere escaparse de la camisa, confiarse a los golpes de efecto y a las frases rimbombantes sin importar que tengan o no conexión con la realidad. Lo que importa es que la pajarota resuene, que tenga buena acústica. Sánchez enemigo de España, los socialistas culpables de lesa patria, Rivera fariseo. Cosas así, como si Casado hubiera decidido ser el Manolo del Bombo de la política nacional.

Y no es que su actitud bullanguera destaque mucho. Por desgracia los demás actúan como si pertenecieran a la misma comparsa, aunque rebajados de revoluciones, como si en medio de la nebulosa electoral en la que viven recordaran que algún día volverán a pisar tierra firme. El dedo de Casado le ha señalado a un periodista afín la dirección de Málaga. Carolina España, a la que la lógica señalaba como número uno de la candidatura, debe dejar paso al paladín casadista. Los paracaidistas vienen del cielo, sí, pero suelen tener mal aterrizaje. Le ocurrió a Cristina Alberdi cuando el PSOE también la colocó aquí de número uno, sin venir a cuento, por buscarle acomodo. Alberdi, como ahora el periodista del flequillo, apeló a un cariño tan repentino como inusitado por Málaga y su provincia. De pronto, las biografías de los paracaidistas se llenan de recuerdos malagueños (o sorianos si son enviados a tan noble lugar), de viajes, veraneos o cuñados malagueños que justifican su aterrizaje y esa súbita malagueñidad o soriedad, o comicidad. Los ciudadanos miran el invento con las cejas alzadas. Los militantes con los dientes apretados y la lengua atada con un nudo windsor.