CUATRO DÉCADAS

JOSÉ MANUEL BERMUDO

HEMOS entrado en un año de elecciones en nuestro país, aunque no sabemos cuántas. De momento seguimos pendientes de lo que ocurra a nivel nacional, según le vaya al gobierno. En Andalucía ya pasamos las autonómicas, pero tal como van las cosas, después de los resultados registrados y los desencuentros entre algunos grupos políticos, cualquiera descarta que en algún momento termine eligiéndose el camino de unos nuevos comicios, que ya todo es posible cuando se pone en marcha el deseo de obtener el poder. Después de esta situación, que deberá aclararse en pocos días u horas, las elecciones municipales van a constituir el centro de las aspiraciones de los políticos y comprobaremos si determinadas tendencias en el voto autonómico se mantienen, progresan o dan marcha atrás.

En este año se cumplen cuatro décadas de las primeras elecciones municipales tras los cuarenta años en los que la política fue otra bien distinta. También son diferentes en estos momentos algunas cosas de las que se planteaban en unos ilusionantes comicios en los que los alcaldes y concejales volvían a ser elegidos directamente por los ciudadanos.

En aquellos años todo resultaba nuevo. Tan novato era el político que había decidido ir en una candidatura como el votante que, al acudir por primera vez a unas urnas, desconocía qué es lo que tenía que hacer. Aquellos ciudadanos nostálgicos que rechazaban el nuevo sistema y no veían con buenos ojos los cambios que se avecinaban, utilizaban la inexperiencia de los nuevos gobernantes como una de las excusas para sus malos augurios. Lo más curioso es que fue, precisamente, la falta de experiencia, la inicial inocencia y la correspondiente prudencia que aplicaron a sus actuaciones las características más valorables en las primeras corporaciones democráticas.

En muchos ayuntamientos no costó ningún trabajo formar un equipo de gobierno aunque la corporación estuviese compuesta por demasiados grupos políticos y, además, de muy diversa linea ideológica. Se consiguió imponer un cierto sentido común y repartir las delegaciones municipales entre una mayoría de concejales que no tenían el mismo signo político. Los ediles respondían directamente de su trabajo ante el alcalde y el pleno municipal. Sus tareas las hacían con el personal municipal existente en el ayuntamiento, sin cargos de confianza ni nada parecido. Y resulta que, durante un tiempo, en muchos ayuntamientos llegó a funcionar el sistema. Después, el paso del tiempo fue testigo de otras fórmulas.

Lo que sí se produjo en algunas localidades es una dura pugna en algunos partidos para confeccionar las listas, precedente de lo que seguiría ocurriendo en años posteriores. En Marbella, por ejemplo, se presentaron a las elecciones nueve partidos, de los que obtuvieron representación siete de ellos. Llegaron a ponerse de acuerdo para gobernar, pero algunos grupos sufrieron lo suyo antes para completar una candidatura. En el PSOE, por ejemplo, las disputas que hubo para encabezar la candidatura terminó con la formación del PSOE histórico. Además, influía mucho el peso de las agrupaciones de San Pedro para colocar de salida a sus candidatos.

Haciendo una comparación con lo que ocurre hoy llama la atención que apenas se incluyera a mujeres en las listas, pero según los propios políticos, es que aquellas a las que se les ofrecía lo rechazaban. También resultó curioso que algunos partidos de izquierda llegaran a buscar con ahínco a alguien con carrera universitaria para que no todos los candidatos fuesen de clase trabajadora. Y al revés, partidos de derecha incluyeron finalmente a algún obrero para equilibrar la lista. Hoy se miran otras cosas y se dan situaciones distintas, pero los votos en las urnas siguen valiendo lo mismo.