De corazón

En sólo tres años, su decidida voluntad, su firme y atrevida convicción democrática, su indiscutible inteligencia, su generosidad, su patriotismo y su acierto al elegir sus colaboradores dieron la vuelta a la historia

Joaquín Ramírez
JOAQUÍN RAMÍREZ

Ocupados en el día a día, buscando resolver cada cual su más inmediato reto, envueltos en el cálido verano que azuza y, sin embargo, ya anuncia que a la vuelta fenece, cuesta ver la vida pasar. Pero, en tanto la nuestra es una lucha apasionada por conseguir el mejor papel posible, la más agraciada vivencia, el paisaje lleno de cosas y de gente no para un instante y cambia sin cesar. Somos un proyecto colectivo que atraviesa circunstancias siempre nuevas que nunca fueron y que tampoco se repetirán. Es la España de los incendios de Gran Canaria, Estepona, Marbella o Huelva, del gobierno interino, de la alarma sanitaria por listeriosis, del reto sedicioso o el juicio del prusés, de las olas de calor estival, de las elecciones que vienen o no vienen, del 'Open Arms' o de los homenajes a ETA. Y, mientras intentamos reparar lo que se presenta por delante, apenas queda un segundo para confirmar que vivimos el período de tiempo más próspero, igualitario, tolerante y pacífico de toda nuestra historia. Que hemos heredado una democracia encarnada en un estado de derecho en el que el imperio de la ley y la soberanía popular disponen nuestra convivencia. Que, con todas nuestras cuitas, inconvenientes, injusticias, errores o fatalidades y aciertos, la estabilidad lograda es como la tierra firme y segura sobre la que podemos construir nuestras vidas. Que merece la pena estar, vivir y ser España y podemos intentarlo.

El sistema social y político que nos legaron no tiene una gran antigüedad, algo más de cuarenta años es una cifra notable -según se mire-, pero no longeva, aunque haya sido profundamente fértil y elevadamente transformadora. La dictadura de Franco, establecida en nuestro país tras la terrible y desgarradora Guerra Civil, siempre fue consciente en lo referido a la jefatura del Estado de una cierta deslegitimidad jurídica, como menos. Algo que obsesionó al dictador. Por ello las leyes franquistas sostuvieron paradójicamente en todo momento que España era un reino. Ya en 1947 -año que estaba muy lejos de cualquier horizonte o atisbo democrático-, la ley de Sucesión en la jefatura del Estado avanzaba que el sucesor lo sería a título de rey. Franco quería «dejarlo todo atado y bien atado» y, saltándose a don Juan -conde de Barcelona- en la línea sucesoria, por razones obvias, dispuso la restauración dinástica y jurídica para que el hijo de éste le sucediera al frente del Estado franquista de los Principios Fundamentales del Movimiento.

Nacido en Roma en 1938, en el exilio familiar y político que emprendiera su abuelo, el Rey Alfonso XIII, Juan Carlos de Borbón y Borbón-Dos Sicilias -el que finalmente desataría con vocación todo lo atado- ha cumplido 81 años. Internado en la Clínica Quirón, se enfrenta a una operación a corazón abierto que la Casa Real ha calificado de rutinaria y que él, el Rey emérito, ha tachado de «arreglo de tuberías». Juan Carlos I de España fue proclamado rey el 22 de noviembre de 1975, accediendo a todos los poderes del Estado. Rodeado y concienzudamente vigilado por la recia y poderosa vieja guardia del Régimen, resuelta a preservar el mantenimiento de todas las esencias del mismo, dispuso desde el principio su plan para convertir a España en un modelo democrático homologable con los países de su entorno. Se dice fácil, pero fue la más grande empresa política europea de los tiempos y sorprendió al mundo. La Ley para la Reforma Política votada el 18 de noviembre de 1976 y defendida por un joven Adolfo Suárez fue el paso crucial de un novel jefe de Estado decidido en su empeño, iniciándose con ella la Transición española hacia la democracia. El 15 de junio de 1977 se celebraron las primeras elecciones democráticas eligiéndose las Cortes Constituyentes. De la mano de Juan Carlos llegó la monarquía parlamentaria de nuestra Constitución de 1978. En sólo tres años, su decidida voluntad, su firme y atrevida convicción democrática, su indiscutible inteligencia, su generosidad, su patriotismo y su acierto al elegir a sus más valiosos colaboradores -el más destacado, el gran Adolfo Suárez y su papel excepcional- dieron la vuelta a la historia, dieron la vuelta a España poniéndola en esencia donde ahora está.

Su jefatura ha sido ampliamente reconocida, pero muchos la han olvidado, o quizá no la han comprendido, no la hayan valorado, quizá no la han vivido. Es cosa de la perspectiva, la mirada inteligente que, una vez echada al aire de la vida y de los tiempos, arroja la visión de uno de los dirigentes políticos más grandes que hubo y podrá haber. El inapelable juicio de la historia dirá que fue humano y con amplitud hablará bien de él y su sagrada y trascendente misión cumplida. Hoy, sobre todo, lo que cabe es decir: gracias, señor. De corazón.