EL CONVENTO DE LA TRINIDAD DE MARBELLA (I)

CATALINA URBANEJA ORTIZ

El catálogo del Patrimonio Inmueble de Andalucía describe al convento de la Santísima Trinidad de Marbella como un emblemático edificio que, desde finales del siglo XV, acogió a una de las fundaciones religiosas de los Reyes Católicos. Aunque en la actualidad su solar ha quedado reducido a un tercio de su superficie debido a las imputaciones efectuadas durante el siglo XX, llegó a ocupar la manzana comprendida entre las calles Trinidad, Viento y Salinas. El inmueble conserva un patio porticado y la capilla de Santa Catalina, de estilo gótico con arcos apuntados, cuyo lamentable estado de conservación podría remediarse encomendando su restauración a un experto.

La alcaldesa manifestó recientemente que el monasterio «supondrá un revulsivo cultural para el Casco Antiguo de la ciudad, sumándose a centros de referencia como el Museo del Grabado y el Hospital Real de la Misericordia», lo que alienta la esperanza de que también sirva para dinamizar el aletargado casco antiguo.

Mientras se produce la anunciada rehabilitación, no viene mal recordar algo de su historia, que corrió paralela al acaecer de esta ciudad.

El 6 de mayo de 1488 se procedió al reparto de casas y tierras entre los aspirantes a repoblar Marbella que previamente se habían inscrito en el padrón. La nómina la componían 275 familias, incluidos el conde de Ribadeo, dos iglesias, hospital de Misericordia y ermitas de San Sebastián y San Cristóbal. En mayo de 1492, a propuesta del bachiller Serrano, se incluyó a Santa Catalina para dotar a dos religiosos «de buena vida», uno de ellos era fray Guillermo de Glosa, el ermitaño, hombre de singular virtud, quien la poseyó hasta el año 1500.

Los Reyes le otorgaron cinco aranzadas de viñas en Montemayor; tres aranzadas de huerta y un solar para edificar una venta entre Monda y Ojén con cinco fanegas de tierra de sembradura «a la redonda della, para el sustentamiento de los dos religiosos que en ella están». La carta de donación fue presentada al cabildo marbellí el 22 de octubre y, si en principio, el corregidor no impidió la cesión decretada por los reyes por ser «cosa pía», más tarde decae su entusiasmo al considerar que la ciudad tenía demasiadas manos muertas a su cargo.

En marzo de 1500 fray Guillermo, anciano «e doliente que ya no puedo casi administrar la dicha iglesia», cedió su ermita al vicario provincial junto con «los libros e calizes, e vestimenta que la dicha yglesia capilla de Santa Cathalina hasta oy día á e tiene suios, para que los tomedes todos para la dicha orden de la Santísima Trinidad». La decisión de fray Guillermo fue refrendada por provisión real en septiembre de 1501, manteniendo la idea inicial de fundar un monasterio «dentro de la dicha ciudad, cave el castillo». Así quedaba definitivamente establecida en Marbella la orden de los Trinitarios, dirigida por fray Miguel de Córdoba.

Fray Miguel, pariente del Gran Capitán y diligente negociador con Berbería para el rescate de cautivos cristianos, había llegado a Marbella acompañando al encargado de organizar los repartimientos, el licenciado de la Fuente. Desconozco el número de hermanos que integrarían aquella primera comunidad, sólo que en el siglo XVIII contaba con 29 religiosos «en que se incluye su prelado, los veinteidos presviteros, el uno corista, i los seis legos».

Para la donación de Santa Catalina, se organizó un solemne acto en el que destacaba una procesión compuesta por las autoridades eclesiásticas, el concejo local y numerosos vecinos que acompañaron a la cruz desde la iglesia mayor al monasterio.

La adaptación del inmueble se debió a la iniciativa del comendador de la Orden de Santiago Sancho de Sarabia, quien tuvo que hacer frente a la oposición del concejo. Fray Arturo Curiel relata las vicisitudes de su construcción: «Viendo el Corregidor y Justicias que ya estaba edificada la iglesia Parroquial, así como el hospital Real, más la ermita de Santa Catalina, dieron cuenta a los Monarcas de que siendo la población pequeña, no podría sustentar adecuadamente el dicho monasterio, obligando al caballero D. Sancho a detener su obra». Sin embargo, y gracias a su tesón, se acometieron las obras construyendo el comendador, de su propio peculio, una capilla en honor de la Virgen de la Victoria y dotando a perpetuidad la lámpara del Santísimo Sacramento.

En junio de 1511 los frailes vendieron al conde de Cifuentes parte del legado recibido de los Reyes Católicos por diez mil maravedíes, en pago de los cuales recibieron un par de casas que habían pertenecido a Pedro Cherino. Es de suponer que con esta permuta pretendían expandir el recinto monástico y adosarlo a la antigua capilla de Santa Catalina. No fue la única ampliación conocida porque, al menos en 1790, hay constancia de que el convento poseía las casas de Pedro Palomero.

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