La conquista de la calle

ÁNGEL PÉREZ MORA

La ciudad nace como respuesta a las necesidades humanas. Primero la de protegerse, después la de relacionarse, y por último, la más personal e intransferible, la de 'querer ser'. Buscamos la ciudad porque nos hace posibles, en ella «nos proyectamos». Después la ciudad se crece y se convierte en el proyecto de todos los que la habitan y camina como si tuviese vida propia.

A algunos, 'burgués' les parece un insulto. Pero el hombre libre antes que ciudadano fue burgués en Edimburgo, Hamburgo, Estrasburgo... Burgos fueron ciudades por asociación de oficios y comerciantes y pusieron fin a la época más oscura: la Edad Media. Aquella en la que un hombre/mujer tenía valor solo en la medida de que formara parte de las tierras de un castillo. En los pilares de la tierra asistimos a las condiciones extremas en que se vivía. Expulsar a un hombre de la ciudad era condenarle al máximo castigo. Roma se extendió por el Mare Nostrum a base de legiones. Con ellas llegó y venció, pero donde convenció a los vencidos fue fundando en sus tierras ciudades. En ellas, además de perderle el miedo a la noche, sus ciudadanos disfrutaban de mercado, foro, teatro y además... ¡tenían derechos! La vida de las ciudades fue la auténtica conquistadora de voluntades y tribus. Entre Roma y los burgos caben 1.000 años de edad oscura, como en los cuentos de Tolken. Solo el que frecuenta la historia percibe lo frágiles que son ciudades y civilizaciones, antes y ahora.

La calle surgió como derecho de todos al movimiento. Y caminar por su centro, el lugar más frecuentado para ejercer eso tan urbano que conlleva mirar y ser vistos: el callejeo. La ciudad crecía en la medida que mejoraban los medios de locomoción, de la carreta al tranvía, del tranvía al automóvil y con el crecimiento de la ciudad, la calle derivó en una cuestión de fuerza. Los que mandaban hacían calles más anchas en cuanto podían pero su centro enseguida era ocupado por los más fuertes, por los más rápidos. Los bulevares vinieron a devolver al hombre su derecho a disfrutar el centro de la calle. Ante las muertes por atropello vino la acera para ofrecer un refugio a los más frágiles. Ante el peligro del plano horizontal surgieron barreras y escalones. Los edificios importantes antepusieron escaleras a sus plantas nobles. Y nació el principal para la arquitectura y un escalón aterrizó en las aceras, parapeto del débil ante el atropello del animal, ya sea cuadrúpedo o bípedo. Gracias al bordillo, una parte de la calle fue reconquistada para los urbanitas.

Si nos exigen un código para conducir, es hora de exigir educación para circular por las aceras. Ceder el paso al más lento, aguardar tras el que tropieza y qué menos que reducir la velocidad de todo aquel que sobre un aparato locomotor se cruza ante las narices de otros que no llevan. La libertad solo existe bajo una ley que pesa al que no la respeta. Si no dictamos normas para nuestras anchísimas aceras y no educamos para la convivencia, imperará la ley del más fuerte. Por más pavimento continuo que pongamos, el libre andar por la ciudad será una entelequia y lo imposible: la conquista del centro de la calle.