Comprar Groenlandia

La actualidad de vez en cuando nos ofrece cosas que parecen sacadas de una novela distópica

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

Del mismo modo que al lector ahora mismo le podrá apetecer tomarse una cerveza o una tapa de rusa, Donald Trump quiere comprar Groenlandia. En algún caso la proporción del deseo podría ser parecida, pero las intenciones desde luego no son las mismas. Ayer, muchas horas después de que estuviera releyendo unos versos de Amalia Bautista que decían «Alguien con quien resulta inevitable / sudar en un iglú», tuve que enfrentarme a la lectura que explicaba la intención de Estados Unidos de adquirir este trozo de tierra medio congelado, que mide cuatro veces más que España, que pertenece a Dinamarca y que es la isla más grande del mundo. Aquí debe uno confesar no sólo que la palabra Groenlandia siempre me recordará al compositor de aquel gran 'hit', Bernardo Bonezzi, sino que además reconozco que, hasta hoy, vivía más o menos convencido de que Australia era la isla de mayor tamaño pero no, porque me entero de que es «demasiado grande» como para ser considerada una isla, y eso tiene toda la lógica del mundo porque lo único infinito que hay aquí son los océanos, sin importar lo cursi de esta afirmación.

El mercado de países ha existido durante toda la historia y algunos se han comprado por cantidades que podríamos tener ahora mismo en los bolsillos, por el precio de una caña y una tapa, por ejemplo. La invención de la bomba atómica aumentó el valor de Groenlandia para Estados Unidos, es decir, que la idea de que este país quiera comprar un trozo de tierra más grande que la mayoría de los países del planeta no es en absoluto nueva, sólo está actualizada, pero no por ello deja de resultar muy loca. Como titular, desde luego, resulta truculento. La actualidad de vez en cuando nos ofrece cosas así, que parecen sacadas de una novela distópica cuyo final es la aniquilación de la especie humana motivada acaso por el dominio mundial de fascistas, de extraterrestres o de máquinas, qué más nos da, si ya no estaremos allí.

Se sabía que los ricos de verdad se podían comprar pequeñas islillas paradisíacas en esencia, más o menos alejadas de la mano de Dios, pero no trozos de tierra tan grandes que podrían caer en manos de algún tipo, como si cualquier Duque de Alba pudiera ser el dueño de terrenos que incluyen, no ya insignificantes comunidades de vecinos, sino gobiernos enteros con democracias plenas. Quizá sería conveniente para nuestra salud mental convencerse de que ahora mismo sería imposible que un país hecho y derecho sea comprado por otro. De otro modo, vendrían ideas paranoicas, como que Trump ha estado negando el cambio climático con la intención oculta de acelerar el derretimiento del hielo en Groenlandia y así favorecer gigantescos rendimientos para el sector inmobiliario. Huelga decir que lo que sí hay son intereses geoestratégicos y militares para una posible guerra mundial, lo cual tampoco resulta demasiado tranquilizador.